10.02.2008

Marillion: viejunos on the road

Lo mío con Marillion es cabezonería sentimental, como la de quien sigue enamoriscado de su ex novia a pesar de un adiós sin esperanza.
Quedé prendado de esta "Mari" en su etapa Fish, usease, en su adolescencia y pletórica juventud, poco después de que publicara uno de los discos más bellos de los 80 (y posiblemente de la historia del rock), el "Misplaced childhood".
Decubrí a Marillion por los orígenes tolkianos de su nombre, en una época en la que soñaba con cabalgadas por las llanuras de Gondor; unos años de sábados luminosos y domingos de desesperadas empolladas; de ordenadores con teclas de goma y héroes con alma de sprite; de cerveza compartida con pillos de colegio y una culpable pero deliciosa sensación de fraternal camaradería.



Llegaría después la etapa Hogarth y, aunque nunca abandoné a la banda, ya no fue lo mismo. La Universidad, la electrónica y el grunge nos confundieron a muchos. Sí me gustaron, sin embargo, discos como "Brave", precursor de los experimentos licuados de Radiohead, o, más recientemente, esa filigrana de sonidos llamada "Marbles".
Pero no hay quien me lo quite de la mollera: cada vez que pienso en Marillion me viene al caletre el Atlético de Madrid: ambos son capaces de solazar a sus seguidores con proezas homéricas, de una épica apabullante y hermosa, para, al poco, cascarles una castaña pilonga de campeonato.
Afortunadamente, Marillion acaba de regalar a sus fans, vía P2P, un flamante doble en el que vuelve a remontar la altura perdida con ese petardazo llamado "Somewhere else".
Contrariamente a lo que ocurrió con su precursor, este "Happiness is the road" se perfila como uno de los discos más solventes del nuevo milenio marilionero: reposado, intimista, con unos teclados deliciosos y un Hogarth más refinado y sereno, sin que tampoco falten los trazallos de potencia emocionante.
Contiene, cómo no, algunos gorgoritos vergonzantes made in Hogarth, pero la sensación final, tras el paso en boca, es que nos encontramos ante unos viejunos admirables que siguen creyendo en lo que hacen, a pesar de sus casi 30 años de andadura, los desengaños y la indiferencia de la crítica.
Ya quisieran muchos repollos alternativos tener en su haber canciones tan bellas como "Asylum satellite", "Happiness is the road", "The man of marzipan", "Real tears for sale" o "Especcially true". Y ya quisieran muchos tener en sus filas a un guitarra de la talla de Steve Rothery, ese extraño e infravalorado Falete del rock.

3 comentarios:

Corto Maltes dijo...

Te felicito porque en este post te esmeraste especialmente y me encanta como esta escrito.
De Marillion nunca pase de los 2 temas mas difundidos en la década del 80, aunque siempre simpatice con ellos por el nombre. Tal vez nunca me arriesgue mucho a escucharlos mas por miedo a descubrir que una banda con un semejante nombre hiciera música berreta. Tu post me incita a escuchar más y ya me pongo en campaña para conseguir los discos que mencionas.
Gracias por escribir tan bien.

Santos G. Monroy dijo...

¡Gracias Corto! Gente como tú es la que me anima a seguir en el ingrato viacrucis del blogerío. Si te interesa, píllate cuando puedas el Mispaplced Childhood. Es el disco más accesible y, para mí, el más completo de estos chicos. ¡Saludos!

Anónimo dijo...

Bonita remembranza, se nota que te gustan los Marillion más de lo que atreves a confesar. De acuerdo en todo, auqnue tengo mis recelos ante esa voz impostada a lo Bono que se marca Hogarth de vez en cuando.