11.17.2008

La (in)vocación del plumilla

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. En el nombre de todas las divinidades de pasados y venideros siglos. Intercesión pido a Hermes Trimegisto, el mensajero burlón de los griegos. A Krishna, señora del conocimiento, me encomiendo. A Thot, dios egipcio de la escritura, solicito amparo. A los pies me postro del maya Itzam Ná, de quien dicen que creó los símbolos de las pirámides; y a los del sumerio Nabú, que escribe el destino de los mortales. A todo el panteón romano, y al santoral cristiano, y hasta a Manitú, que acaricia las praderas americanas... Y aún se me antoja que me quedo corto al rogar a deidades, santones y entes preternaturales, que la ayuda de todos estos pajaretes me parece poca en el duro trance de darle a la tecla.


Y como muchos dirán que a cuento de qué viene esta ecuménica jaculatoria, y tanto canguelis por el mero hecho de rumiar mis ideas sobre el papel, básteme decirles que no es moco de pavo elegir un tema para rellenar la nueva sección digital que hoy sale del cascarón en el portal miciudadreal, oh caro lector. Porque, ¿sobre qué opinar, válgame Dios? ¿A qué meterle uno mano sin alterar lo que la moral y el buen gusto debieran mantener intocable, incólume, envuelto en el dulce velo de la virginidad informativa?

Inquietantes cavilaciones me asaltan mientras suspendo el índice sobre el teclado, con el ombligo encogido:

Si me diera por criticar a ciertas empresas, bien pudiera ser que sus tentáculos llegaran a mi gaznate, y que me quedara corrido a cogotazos, o con las costillas medidas a querellas, o sin columna que publicar; o, lo que es peor, sin empleo, oficio ni beneficio de por vida... Sambenitado y emplumado para el ejercicio de la profesión... Como escarpias se me ponen los pelos sólo de pensarlo.

Guárdeme el cielo también de hacer apuntes sobre grandes proyectos e infraestructuras, salvo ensalzando su gestión, porque, con semejante estigma de antisistema ¿cuál sería la empresa informativa tan farruca como para ofrecerme trabajo si acaso algún día me viera bebiendo de los acedos manantiales del paro? ¿Cómo entonces batirse el cobre? ¿En qué irían a parar esas misas?

Pues, ¿y qué decir de algunos ayuntamientos, de nuestro Gobierno, de sus ministerios, direcciones, consejerías y delegaciones, y de todo ese ejército funcionarial con cargos que se escriben con mayúsculas? ¡Anatema! ¡Vade retro! Una palabra de más, y adiós a contratos publicitarios, o a premios periodísticos, por no hablar de esa añorada colocación como cargo de confianza, y estar a qué quieres, boquita. Circunspección pues. Apelemos a la responsabilidad, caballeretes.

Un solo consuelo me queda: desbarrar sobre la profesión periodística pero... ¡Por vida de...! ¿Cómo se lo tomarán mis compañeros? ¿Cómo los representantes del gremio? Me vuelvo a percatar, horrorizado, de que muchos medios de comunicación son correas de transmisión de esas temibles empresas y de esos ayuntamientos, consejerías y diputaciones, y que me pueden venir todos juntos con la cachiporra en todo lo alto y no dejarme liendre alguna en la cabeza. ¡Jesús María y José!

En fin, que un color se me va y otro se me viene pensando en el brete de a qué asuntos recurrir. Pero en éstas estoy cuando atraviesa la puerta un buen amigo mío, de esos que aconsejan mal pero que tienen el don de la risa, el cual me anima a escribir sobre lo primero que pasare por mis mientes: porque estamos en libertad sin ira, dice. Porque a los poderosos y gobernantes debería de dárseles un higo por lo que escriba este insignificante plumífero a quien ni Cristo conoce, dice. Y porque el plumilla se debe con honestidad y sinceridad al público, sea quien sea y se encuentre donde se encuentre, dice el tío.

Así pues, y mientras me inspiro para el próximo artículo, pongo mi alma en manos de los dioses... Y hago examen de conciencia y mi primer propósito de enmienda: prometo no volver a escribir nunca una pieza como si fuera un prólogo cervantino. ¡Lo juro por Tutatis!, que a éste se me había olvidado rezarle al principio.

1 comentario:

Isabel Romana dijo...

Me has provocado la sonrisa más amplia y espontánea de toda la semana (la pasada, ¿eh?, que aún estamos a lunes). Llegará un día que ni podremos abrir el pico, por eso de la autocensura o censura previa o vaya usted a saber qué. Mucho me temo que entonces tengamos que invocar el santoral entero, los panteones clásicos y hasta las sagas nórdicas. Besitos.