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2.09.2011

Anathema y el sonido de las orquídeas de cristal

Aquí hay uno a quien Anathema le pone. Quizá sea ésta la banda que más traicioneramente fondee en las bahías de la melancolía y sea capaz de convertir a un brutal melenudo en un gurruño de dolorosas añoranzas. El título de su último disco, “We’re here because We’re here” ya es toda una declaración filosófica, quizá la única respuesta acertada a la pregunta de qué narices pintamos en todo este berenjenal que es la vida. Pues sí, estamos aquí porque... estamos aquí.

Hace años que Anathema abandonó la morbidez del doom metal. Pero dejó las gárgaras de Polifemo para cambiarlas por los cantos de las sirenas y madurar con pequeñas obras maestras que tienen su culminación en este último y prodigioso trabajo repleto de matices.

Aquí está el sonido de la honestidad, el eco de las vibraciones de una orquídea de cristal. Guitarras transparentes, caricias electrónicas, cuerdas que atrapan con su negra belleza abisal. La sonoridad es violentamente frágil, como los estertores de un coloso moribundo. Es el canto de la siniestra hechicera que acecha entre en las brumas de una ciénaga, o la explosión de melancólico placer que produce la caricia que jamás se repetirá.



Pero ojito: aquí no hay lugar para la mojigatería ni la untuosidad. Sí, en cambio, para disfrutar de una música de esquemas minimalistas que, con el toque maestro de producción del gran Steven Wilson (Porcupine Tree), flirtea con lo espacial, el post-rock y la electrónica.

Y a fe que no son malos ingredientes para descender por las grutas luminiscentes de nuestros placeres... O navegar por los mares subterráneos de nuestras penas.

11.25.2009

Katatonia en la España de la caña gañana

Es lo que tiene España: la Ñ como cicatriz de su autocomplacencia, como un sablazo de nuestra propia ignorancia. Orgullosos estamos de la caña de España. La calaña de España. Las legañas de España. Apañada está España.

El deplorable espectáculo ofrecido por la horda de impacientes fans que, ante la perspectiva de disfrutar con sus admirados Mago de Oz, abuchearon en Fuenlabrada (Madrid) a la prestigiosa agrupación metal Katatonia es el reflejo de nuestra intransigente incultura. El episodio es, en efecto, banal, pero turbador en tanto que reproduce de manera siniestra los patrones de nuestro comportamiento político y social.

País de eñes. De alimañas culturales, gañanes y carroñerismo político. Terruño emponzoñado de gestión desmañada. Miramos las musarañas sin levantar cabeza, con las legañas de una crisis enmarañada en puñaladas. Nos desgañitamos haciendo la puñeta con añejas disputas, enseñando los muñones de una educación ñoña y de una democracia que añora la moña. Es la esencia de un país de coña que invoca de continuo al coño. Pero qué coño: arrebaña morena, arrebaña con saña y siembra cizaña. La eñe como seña de identidad de engaños y ensañamientos, de niñatos y señoritingos.

Los muchachos de Katatonia abandonaron España con un resoplido de alivio incrédulo. Afortunadamente nos dejan su último trabajo, Night is the new day, que se disfruta mejor en la penumbra de la soledad: un disco de milimétrica ejecución y refinada tensión, una mezcla de estilos de pulso delicado y oscuro que evoca las leyendas nocturnas de los mares del Norte.

España, mientras, que siga con su caña. A punto de diñarla. Adormecida con patrañas. Toma castaña.

9.21.2009

Porcupine Tree, The Incident y la lírica del crepúsculo

Porcupine Tree es esa banda de insurgentes malditos que quizá fuera mejor no conocer: músicos de catacumbas prohibidas, autómatas underground, sirenas agonizantes en mares electromagnéticos. Violinistas olvidados por el público y la crítica del gran Titanic en que se ha convertido la industria musical.

Porcupine Tree es una araña de hipnótica belleza que teje su red violeta en las simas de la conciencia. Y allí compone la banda sonora de la película de fantasmas que todos filmamos con nuestros sueños.



Porque los fantasmas existen. Viven en nosotros, se incrustan como fósiles en los estratos de la memoria. Están en el recuerdo de una traición, en el remordimiento de una ingratitud, en la evocación de un despido definitivo. Hay espectros en el dolor de nuestras insatisfacciones, y en la amargura de cada desengaño. Y con este material temático, el líder de Porcupine Tree, Steven Wilson, ha firmado The Incident, una obra de arte consagrada al vértigo vital y a la remembranza de los momentos traumáticos que cambian nuestras vidas.

The Incident, como concepto musical, es un agujero negro en las tinieblas del rock que absorbe toda la luz que le rodea. Y Wilson sigue siendo el gafapasta más listo de la clase, un inventor chiflado de resonancias que se transmutan en pinceladas de sentimientos antagónicos.

El tiempo dirá si The Incident ocupará en el panorama del rock actual el lugar que en su momento conquistaron discos míticos y de concepciones análogas, como The Wall o Thick as a brick. Pero no cabe duda de que esta larga canción de 55 intensos minutos revisa y actualiza gloriosamente, desde un prisma contemporáneo, el legado de héroes del progresivo como Pink Floyd, Jethro Tull o King Crimson.

Cuesta manejarse, por tanto, en este vendaval de ideas que mantean al oyente desde el cielo al infierno, aunque el esfuerzo se ve recompensado con creces. La escucha se convierte en una experiencia única, y más en tiempos que han perdido la magia de la música: sonidos que evocan pesadillas tecnológicas, la violencia de amores insatisfechos, la melancolía de la niñez perdida. Metal, trash, industrial, pop, noise y electrónica se alían en un trabajo impecable técnicamente, repleto de arcanos misterios, de códigos cifrados y delicados arpegios que desprenden una violencia de ultratumba y un lirismo crepuscular.

Hay quien recrimina a Wilson que The Incident apenas aporta algo nuevo al sonido de Porcupine Tree. Olvidan que, precisamente, el descubrimiento de estas sonoridades ha sido uno de los grandes acontecimientos musicales de este siglo. Y que, conociendo a Wilson, esa veta está aún muy lejos de agotarse.

7.15.2009

Wilco (The Album) y las carreteras secundarias del rock

Nada mejor que Wilco para recargar el depósito del alma. Wilco es la gasolina de gran octanaje necesaria para abandonar las autopistas de la realidad, tomar un desvío sin señales y transitar por los carreterines del rock norteamericano. Con ellos seguimos la puesta de sol de la Ruta 66, hacia el oeste del pop y del country, atravesando puentes de hierro sobre despeñaderos electrónicos; repostando sonidos nashville en gasolineras solitarias; punteando banjos en un horizonte de tipis; flotando con los ecos de Johnny Cash entre el polvo dorado del desierto de Arizona.

Wilco ha sido una de las formaciones que mejor han ensamblado la tradición folk de la América profunda con el rock alternativo. Ellos, y la imprescindible figura de su líder, Jeff Tweedy, componen la banda sonora de un western futurista, de una road movie crepuscular que se refugia en los moteles de lo indie, del noise y la distorsión; pero también en los grandes paradores del bluegrass y el swing, o en los juegos vocales de los Beach Boys, la fuerza compositiva de unos Beatles, y la experimentación de Radiohead.



Wilco es un glorioso compendio de la música popular anglosajona que tiene la salvaje belleza de un duelo de forajidos, la languidez de un blues trenzado a orillas del Mississipi, o el descoco de las ensoñaciones de Lennon. Y su último disco, Wilco (The Album), recupera el ritmo perdido tras el fallido Sky blue sky. De hecho, nos devuelve la frescura de obras maestras como Yankee Hotel Foxtrot gracias a un repertorio que sintetiza, en la medida de lo posible, la asombrosa capacidad de sorpresa de Wilco... Y que confirma que nos hallamos ante una de las mejores muestras de potencia y sensibilidad con que los USA nos regalan el tímpano. Con perdón de Yo La Tengo.

6.26.2009

Michael Jackson y la muerte de los sueños

Michael Jackson se topó de bruces con la dama blanca, en su agotadora remontada contra el tiempo, en su desquiciante brazada a contracorriente de la vida. Quiso ganar la infancia desdibujándose a sí mismo, perdido en el Nunca Jamás de su existencia para convertirse, finalmente, en el juguete roto de sus propias ensoñaciones.

Michael Jackson es el trágico remedo de nuestras dudas, es la manifestación psicópata de nuestra lucha ontológica. "Yo sé quién soy, y sé lo que puedo ser", afirmaba desesperadamente Don Quijote en el fragor de su locura.

Lúcida intuición la de Cervantes: la tragedia del hombre es abismarse en la sinrazón ante sus fantasías hechas realidad.

3.12.2009

No-Man y Schoolyard Ghosts: pop sofisticado para ser un feliz amargado

En ocasiones me solazo con músicas oscuras. Sobre todo cuando me invaden los quebrantos y las tribulaciones, que son las más de las veces; o cuando el desaliento me deja chafado en la penumbra, holgando en los tenebrosos ángulos de la mente.

Lo que me pasa con el rock sombrío es cosa de chalaos. Y es que a mí me pone. Sí, me alboroza, hace que me sienta jaranero y hasta dichoso de estar tan amargado. Lo que de verdad me da repelús es la música mema de las radiofórmulas y de las franquicias de moda, la de los coches tuneados con las vomiteras de sus amplificadores, la de las verbenas con farolitos, la de las casetas de olé y rebujito.

Ah, qué mayor placer que escuchar a otro agonías de la vida, que saber que hay otro pelagatos más llorón que tú... Los chicos de No-Man, sin ir más lejos, son de esos coleguitas tan entrañables: el dúo compuesto por Steven Wilson y Tim Bowness aporta algunas de esas sensaciones tan necesarias para el equilibrio del espíritu, pero con un barniz de pop sofisticado que me está de rechupete.



Su último trabajo, Schoolyard ghosts, es un disco algodonoso. De timbres tersos, de composiciones que nos hacen mirar las cosas en un confortable blanco y negro, mientras nos envuelve la refrescante sensación de un chaparrón de otoño. La cuidada producción parece sumergir en arroyos cristalinos a estas secciones de viento, a las cuerdas narcóticas, a la tenue percusión, a los teclados que flirtean con la música incidental, a la sedosa voz de Bowness.

"Pastelón habemus", pensarán los más... Bien pudiera ser. Pero, al menos yo, seguiré pasándomelo teta con las emociones que trasmite este cd, jugando con los fantasmas de aquellos recreos infantiles, con las sombras perdidas de la niñez, en las tardes grises de aulas de invierno a las que jamás regresaremos.

3.04.2009

Brütal Legend: la evolución de lo molón


Brütal Legend tenía que venir de la mano del mayor genio de los videojuegos que han alumbrado y alumbrarán las pasadas, las presentes y las futuras generaciones: Tim Schafer.

The Secret of Monkey Island, Monkey Island 2: LeChuck's Revenge, Day of the Tentacle, Full Throttle, Grim Fandango, Psychonauts... Aún se me regocija el escroto y se me alegra la pajarilla al pensar en las obras maestras que este lunático del bit ha regalado a los adictos a las aventuras gráficas. Todas ellas son títulos imprescindibles para partirse la caja, pero también para ejercitar algunas de esas aptitudes tan insólitas y extravagantes en los tiempos que corren: el sentido común y la imaginación.

Por eso, ahora que Schafer regresa con un nuevo trabajo, no es extrañar que la más baja ralea de la frikichusma se esté haciendo de cruces, medio turulata, al pensar en semejante acontecimiento.



Un melenudo que siembra el pánico y la destrucción a golpe de solos guitarreros. Una tierra oscura que vive en la Edad del Metal. Brutales vergajazos, leñazos, mamporros y coscorrones. Libidinosas titis enfundadas en satánicos cueros. Pringue sangrienta estampándose en la pantalla. Hordas demoniacas y frenéticas carreras en moto. Un diseño de niveles magistral y una banda sonora de extrema violencia que incluye los latigazos sónicos de Motörhead, Judas Priest, o Black Sabbath... Todo esto, y presumiblemente mucho más, será Brütal Legend, la perita en dulce videojueguil de heavys, metaleros y buenos rockeros en general que, al parecer, verá la luz el próximo otoño en Playstation 3 y Xbox 360.

"En Brütal Legend irás a un mundo en el que nunca has estado antes, una combinación de todas las cosas que un día pensé que molaban. Todas en un mismo sitio, juntas. Brütal Legend es la evolución natural de lo molón. Creo que todos debéis tomar el siguiente paso hacia lo molón, incluso si es un paso de gigante como el que hemos dado”. Schafer dixit. Y yo me lo creo.

3.02.2009

Los mantras digitales de Lunatic Soul


¿No hablé aún de Riverside? ¿No?



Craso error más propio de imprudentes que de críticos sensatos. Mísero de mí, y mal haya mi sombra... Por vida del chápiro verde que como hay Cristo que al retortero he de traer a tamaña banda un día de estos.

Viene a cuento la referencia a Riverside, no porque vaya a comentar nada en particular de esta magnífica agrupación polaca, que tendrá que esperar, ¡ay, qué me quieres, desgracia!, algunos post más, sino porque la verdadera novedad está ahora en Lunatic Soul, nombre del trabajo en solitario que se ha marcado uno de los miembros de Riverside, el genial Mariusz Duda.

[No sé a cuento de qué me está saliendo una entrada tan estúpidamente calderoniana, que parezco poseído por el alcalde de Zalamea, pero prosigamos, prosigamos pues, que al gandul mal se le da enmendar entuertos]

Iba diciendo que el pollo éste se está revelando como uno de los listillos del rock emocional, de esa música que tanto nos gusta a los tristones como aquí el menda, a los que nos regodeamos en la moñez y la melancolía, y cuya murria sirve de chanza a los amantes de otros soniquetes más fiesteros.

Para mis barbas (y dale con el ramalazo cervantino) que pocos trabajos hay que se merezcan escucha tan sosegada como éste. Que un polaco componga temas tan bellamente amargos no es nada del otro mundo...



Otra cosa es que lo haga con una buena dosis de experimentación electrónica, con esos teclados épicos, retales indios y ecos africanos. El resultado es un trabajo delicioso, evocador de ríos turbulentos en selvas de oscura lujuria, de soledades espaciales, de mantras digitales, de serenidad hindú y violencia contenida. El único defecto es que se hace corto, muy muy corto. Pero así son siempre los buenos momentos... y ciertos gustirrininis. ¿O no?

1.20.2009

Steven Wilson y los Insurgentes del Rock

Tan embriagador como un acelerón hiperespacial, tan inquietante como un pantano de aguas turbias, tan sombrío como un bosque de coníferas en un ocaso invernal. Insurgentes, el primer trabajo en solitario de ese genio que es Steven Wilson (Porcupine Tree), demuestra que el Rock sigue dándonos motivos para tomárnoslo en serio.

Insurgentes es un portento desconcertante, de una belleza turbadora. Emocionante, pero también desolador, como esas cruces mohosas que nos encontramos en carreteras solitarias y entristecidas por la lluvia.



Es, a mi juicio, el mejor disco de 2008. Posiblemente lo sea también del 2009, ya que, tras la publicación de su ya agotado formato especial, la salida al mercado de la edición "normal" está prevista para el próximo 24 de febrero.

El disco se convierte en toda una experiencia, no ya por sus excelentes composiciones, sino por la posibilidad que nos ofrece de abandonarnos al puro placer del sonido. Ni cien escuchas dejan de sorprender merced a canciones que juguetean con una abstracción armónica, como pinceladas errantes que nos señalan el camino de páramos brumosos...

Hay ruidos, resonancias, tañidos, pitidos y rumores de una frialdad electrónica que envuelven estructuras tan siniestras y amenazadoras como nubarrones iluminados por un sol crepuscular. Hay guitarras de endiablados tirabuzones, zumbidos de reactores a punto de estallar, la quietud de capillas ocultas en cruceros oscuros, la belleza de una ondina ahogada que flota entre pétalos...



Insurgentes es una rara avis que bebe de todas las inspiraciones de Wilson (noise, industrial, electrónica, metal, ambient, pop...), enriquecidas por un elenco de selectos colaboradores y rescatadas de cada uno de los proyectos que el compositor ha capitaneado a lo largo de los años: desde Porcupine Tree hasta No-Man, pasando por Bass Communion o Blackfield.

Esta placa, espectral y luminosa, es absolutamente recomendable como ejercicio intelectual, pero también como exorcismo de los fantasmas escurridizos que torturan nuestra mente.

12.22.2008

The Mars Volta: riffs desquiciados para banzais del sonido

¿Led Zeppelin? ¿Deep Purpple? ¿Hendrix? Nenazas. Unas mariquitas comparadas con esta salvaje quimera sónica que es The Mars Volta. Esta fantástica banda de El Paso (Texas) es lo mejor que le ha podido pasar a la Música en la última década. Fresca, arriesgada, innovadora. Su producción se retuerce como el encefalograma de un torturado, como una maraña de siseantes cables de alta tensión, como los loops de una avioneta sin piloto.



Su discografía, aún corta, encierra descubrimientos sorprendentes, pero también una dificultad extrema, sólo apta para tímpanos kamikazes... O para melómanos banzais a los que no les importe fundirse en una compacta masa de ruidos que encajan con la precisión nuclear de un circuito integrado.

¿La receta? Nada sencilla: rock en todas sus variantes clásicas y modernas, metal, psicodelia, salsa y ritmos latinos, space, jazz, ambient, trash, industrial, y todo lo que se nos ocurra meter en el saco. The Mars Volta es una Biblia salvaje del rock; un endriago que hipnotiza con la turbadora belleza de una pesadilla de Jodorowsky, y con el que cabalgamos por los oníricos paisajes de una película de David Lynch.



Estos chicos nos abandonan en las polvorientas carreteras de Nuevo México, nos incitan a pisar el acelerador de partículas de clipper espacial, a fumar opio en los suburbios de Estambul, a flipar en la jam session de un oscuro pub del Soho, a emborracharnos de litros de ron con los estibadores de Varadero, o a estrellarnos de cabeza en una muralla de riffs desquiciados por el humo de la marihuana.

No me atrevo a recomendar nada de su discografía porque más de uno me ha corrido a gorrazos por hacerlo, aunque también hay quien me estará eternamente agradecido. Simplemente prueben con ellos. Pero luego a mí no me miren: esta editorial no se hace responsable de las opiniones vertidas por sus insensatos redactores.

12.05.2008

Jethro Tull: "Songs from the wood" y la farra de los juglares


Escuchad. Viene atravesando la hojarasca. Es Tom Bombadil, el espíritu de los bosques. Huele a leña quemada, sus cabellos son de niebla, en sus ojos titilan hogueras en un claro de robles, y su voz es el son del viento en la hierba...



Jethro Tull firmó en 1977 este soberbio trabajo de seductoras espesuras tolkianas: de árboles viejos que nos miran con una tristeza de siglos, veredas que conducen a un ocaso cerúelo, posadas perdidas en los recodos de una aventura, viajeros que cantan canciones alrededor de un fuego de medianoche.
El líder de la banda, Ian Anderson, seguía siendo a finales de los 70 ese genial perrifláutico de conciertos fabulosos, el trovador chalao que encandilaba a hippies y neochamanes de la marihuana, mientras grababa discos que aún hoy exhalan magia por todas sus pistas.
Y "Songs from the wood" es uno de los exponentes de aquella época dorada. Un elenco de canciones pastoriles pinchadas en tablaturas rockeras, folk medieval de hechizos celtas para irse de farra con nuestros amigos los trolls, cachondearse con los ents de lo mendrugos que son los gnomos, echar unas risas con los druidas, o llevarse a la cama a esas antipáticas elfas, tan relamidas y virginales.
Claro que con este pelaje de lunáticos setentero-salidos...



...¿qué os esperabais?
El disco transmite un dulce cariño por la Naturaleza. Viaja por frondosidades catedralicias, persigue a Galadriel por los resquicios de la aurora, devuelve el delicado rasgueo de juglares en un festín, envuelve al invierno en una calidez de terciopelo verde, flirtea con la música de cámara, y nos anuncia una Navidad montaraz como una égloga de cascabeles y violines.
Aún hoy, es un placer regresar a esta pequeña maravilla. Al placer de vivir en un mundo de héroes, misteriosas encrucijadas, pueblos de piedra y antorchas... Y Navidades sin burbujas Freixenet (¡Puag!).

11.28.2008

Radiohead y OK Computer: lágrimas binarias

Thom Yorke me da grima. El líder de Radiohead tiene la pinta de ese psicópata al que le gusta meter tenedores en agujeros impronunciables; o la del zumbao que te observa alternando frenéticamente sus pupilas entre la punta de tu nariz y el lóbulo de tu oreja derecha... Sólo que, en este caso, la inquietante pose es fruto de una enfermedad infantil y, sobre todo, de una malsana genialidad: la del quejicoso esquizofrénico que llora con voz de terciopleo mientras te clava su navaja en el vientre.
Sí. Hace falta estar tocado por la gracia de la locura para componer así, para arrojar estas canciones de infinita desesperación que trasmiten un terror esencial, una soledad en estado puro.
Ok Computer (1997) sigue siendo el mejor disco de la banda, y uno de los trabajos mas brillantes del rock contemporáneo. Música en licuefacción que se derrite formando un charco de negrura. Lágrimas binarias que manchan de grises el monitor de nuestros rostros.



El topicazo de que su publicación supuso una revolución artística comparable a la que protagonizó el "Dark side of the moon" (Pink Floyd) se ajusta como un guante a la verdad, aunque seguramente ni los mismos miembros del grupo saben aún cómo lo consiguieron.
Con una espectacular producción, la placa trae un regusto a rock progresivo tamizado de electrónica; temas encadenados con sonoridades clásicas, con cimbreos de guitarras cristalinas, edulcoradas brutalmente con distorsiones y cortinas electrónicas de una belleza despiadada. Posee los chispazos primaverales de los Beatles, los experimentos ambientales de Brian Eno, la furia psicótica del grunge, o la frialdad de los laberintos de bits compuestos por Aphex Twin.



A los doce años de su publicación, el disco conserva una estremecedora vigencia: la soledad ante las nuevas tecnologías, los falsos amigos al otro lado de la pantalla, la vacuidad de un facebook, el vértigo que produce el hiperespacio digital, las voces perdidas en el ancho de banda, la frialdad de un mundo de silicio. Ok Computer es un salivazo al cielo, a un dios que juega con nosotros como con unos monigotes de Nintendo... Y es, también, la protesta ante un nuevo orden que nos incita a amar las cosas para olvidarnos de las personas.

11.13.2008

Nine Inch Nails y The Fragile: una pesadilla robótica

Bienaventurados aquellos que no hayan escuchado jamás a Nine Inch Nails, ni tengan ganas de hacerlo por fobias a los soniquetes electrónicos o al metal... Enhorabuena a todos ellos, pero hasta aquí podrán leer sin caer en brazos de Morfeo.
El resto, sigan, sigan adelante y condénense a un sabrosón infierno: el de la producción brutal, el de los sonidos deletéreos, el de la banda sonora de una hecatombe nuclear.
El líder de Nine Inch Nails (NIN para los coleguillas), Trent Reznor, es el ingeniero de los sonidos mefistofélicos, el Señor de las Máquinas, el Espíritu Maligno de la era digital. Muchos aún se preguntan cómo lo consigue, cómo puede firmar estos cuadros electrónicos, cómo convierte a la música en fractales helados que parece que se pudieran tocar con los dedos.
La de Reznor es un aria de drama cyberpunk, la marcha de una revuelta de gladiadores que amenazan con bañar de sangre las calles de Roma, una nana de androides, o la furia de un polvo salvaje, como ocurre con el tema Closer, del magnífico Downward Spiral):



Tendrán que pasar aún años hasta que se valore en su justa medida el giro copernicano que este pollo, verdadero impulsor del rock industrial, ha dado al mundo de la producción de sonido. Su discofrafía, asombrosa, tuvo quizá su culmen en uno de los discos más fascinantes que conozco, "The Fragile" (1999), un doble cd que parece compuesto por una mente demencialmente robótica, pero que consigue plasmar páramos sonoros de una inquietante hermosura.
Estas cascadas de electrones nos disparan directamente dentro de un mundo paralelo donde reinan las máquinas, saturado por una orgía de pistones y compresores. La voz algodonosa se transforma en grito desgarrado, las guitarras adquieren amenazaradoras texturas metálicas, mientras nos llegan a la mente imágenes de replicantes coléricos ahogándose en mares fluorescentes.



Incomprendido por muchos, el quid de este disco es su prometedora complejidad. Si el primer cd, "Left", nos acerca a los NIN más metaleros y directos, a esos compañeros de epopeyas galácticas, paseos espaciales y malévolos autómatas; "Right", por su parte, nos sume en las fosas astrales gracias a una valentía experimental que no para mientes en la cara de palo que puedan poner los más despistados.
A quien esté realmente interesado en vivir algo nuevo, las tres primeras escuchas desconcertarán agradablemente. Entre la cuarta y la décima se entra en el punto de no retorno. A partir de ahí, "The Fragile" se convertirá, a buen seguro, en una dulce condena... De por vida.

11.04.2008

Talk Talk: Spirit of Eden o el patatús discográfico

Publicar un disco como "Spirit of Eden" en 1988 tuvo que ser como pinchar metal avant garde en la fiesta donde una horda de gañanes bailan "Paquito el chocolatero", posesos y eufóricos en su cénit alcohólico.
Los ojos inyectados en sangre, los tics, las tragantonas, respingos y convulsiones de los directivos de EMI tuvieron que ser antológicos cuando el líder de Talk Talk, Mark Hollis, les presentó su nuevo trabajo.
Muchos meses antes, los incautos ejecutivos de la discográfica dieron total libertad al grupo durante la grabación del disco; y tuvieron, incluso, la machada de firmales un cheque en blanco para la producción.
Pero los zagales les armaron un zurriburri de tomo y lomo (y de centenares de miles de dólares) que les dejó sin hipo durante un año: "¡Pero cómo va a ser, caballeretes de mis entretelas, que en un mercado dominado por el delirio tecno pop se saquen de la manga un género nuevo que es imposible promocionar en una radio convencional! ¡El patatús! ¡Que me da el pa-ta-tús!".
Y esos chicos de la new wave ochentera, los flequilleros con corbata que hacían meliflua música adolescente, se convirtieron de la noche a la mañana en el enfant terrible de la industria musical merced a esta maravilla de trabajo que rompía brutalmente con todo lo anterior.



Estas canciones dilatadas, ritmos etéreos y resonancias cavernosas daría lugar posteriormente a lo que se ha denominado post rock, pero, entonces, algunos críticos llegaron a afirmar que un disco como Spirit of Eden significaba muchas cosas, pero todas con muy mala pinta y un denominador común en múltiples idiomas: un caput, un se fini, un arrivederchi comercial.
Bienaventuradamente y en buena hora, el trabajo fue publicado para mayor gloria del rock... Quizá por no desperdiciar totalmente la pasta invertida y los meses de trabajo en una iglesia abandonada, con una orquesta y un coro de catedral al completo.
A mí todavía me tiemblan las carnes al escuchar este suspiro emocional, estas canciones que parecen ralentizar la sangre en las venas, las armónicas arrancadas al viento de un desierto americano, los órganos trascendentes, las voces sinuosas y acariciantes... ¡Por vida de...! Cuanto más lo pienso, más me convenzo de que es uno de los discos más bellos de la Historia.
Al menos así me parece ahora, mientras lo escucho imaginando líneas de lluvia resbalando en la ventana: sin duda, el mejor pentagrama para esta filarmonía de sentimientos.

10.23.2008

The Pineapple Thief: Tightly Unwound

No ha mucho tiempo nació un grupete de nombre aturullado y fans definitivamente mochales.
The Pineapple Thief era una de esas bandas cuyos miembros tenían caras de no haberlas visto más gordas, y cuya mención ante los amiguetes solía producir expresiones faciales comparables a la que podría mostrarnos una, uhm, ¿tostadora?

- ¿Depiniqué? Mal hayas, infame. ¿Pero qué bicharraco es ése?

Y uno, que siempre tuvo su corazoncito, se consolaba pensando que ya llegaría el momento de la venganza... Día vendrá, ah mentecatos, en que esas cejas levantadas, ese menosprecio soterrado, se convertirá en lisonja y agrado, carantoñas y cucamonas... Y ese día, ese día... ya está aquí.




El último disco de Pineapple Thief, "Tightly unwound" ha servido para que, al menos en círculos más o menos alternativos, el nombre de estos chicuelos empiece a sonar con fuerza, y deje de parecer uno de esos terminachos elitistas que nos gastan algunos críticos musicales.
Sí, por fin llegó el momento de pedir, con orgullo, justicia para los ladrones de piñas. Claro que con semejantes temas...




...¿Quién es el farruco que se puede resistir?
"Tightly unwound" es una maravillosa retahíla que, sin abandonar el delicioso regusto a lo Smashing Pumpkins de sus primeros discos, nos trae a unos Thiefs reconciliados con la mejor escuela Radiohead y con toda la casta de Porcupine Tree. Atentos, pues, los adeptos de estos tres grupos, porque no saldrán defraudados con el descubrimiento.
The Pineapple Thief nació en 1999 como un proyecto personal del vocalista, Bruce Soord, y su evolución ha estado marcada por la experimentación electrónica y la admiración por algunas bandas míticas de la era del grunge. Ahora, el proyecto parece haberse beneficiado de una mayor implicación por parte del resto de miembros de la formación, sobre todo de Steve Kitch en los teclados y Keith Harrison en la batería.
Pues eso. Ya están aquí. Empiezan a ser legión sus fans. En verdad os digo que son brutales. Y que se lo curran, y que se inventan unos discos estupendos. Y que ya no me importa compartir mi tesooooro.

10.20.2008

Klimt 1918: "Just in case we'll never meet again"

Hay bandas que te hacen tilín desde el primer momento en que se arriman a la aurícula. A veces, son ésas cuya música nos gustaría tener como melodía de fondo mientras estamos pelando la pava; o aquéllas otras que te ayudan a liberar tensiones, e inducen a fantasear con las posibilidades de divertimento que ofrecen un mondadientes y las uñitas del jefe... Pero en otras ocasiones el asunto es más complejo, como ha sido el caso de Klimt 1918.
Primero me entraron por el nombre (humm la Viena decadente, la muerte del pintor de las mujeres orgásmicas y de los dorados bizantinos, el art decó, las paranoias de Freud, el amanecer de un siglo...). Luego, por la afinidad con su estilo (ajajá: oscuretes y cuasi metálicos estamos). Después, por la temática de las canciones (hete aquí la II Guerra Mundial; allá, la Roma Eterna; acullá, la nostalgia de la infancia...). Y cuando te acabas de dar cuenta, ya te has comido con patatas todo el disco, descubriendo azorado que se te ha resecado la baba en los hociquitos, y que tu índice se muere de ganas por apretarle de nuevo al play.
Descubrí a Klimt 1918 con el excelente "Dopoguerra" (2005), uno de los más bellos trabajos que ese confuso género conocido como "Emo" haya dado en lo que llevamos de década:




Sin duda, este disco es el mejor punto de partida. "Dopoguerra" resume el sentimiento melancólico de la formación con unos matices que van desde el post punk hasta el metal, pasando por el post rock, la new wave, el prog, la electrónica o el rock gótico. A mi juicio, es el mejor trabajo de un grupo que ha sabido recoger con garbo el testigo de monstruos de la Pena y la Depresión, como The Cure, Anathema o Novembre (en menor medida, U2, pero éstos ya me dan menos pena).
La nueva placa, "Just in case we'll never meet again" parece tomar unos derroteros más alegres y optimistas. Sigue siendo un disco bastante trabajado, más compacto que el anterior, aunque menos vaporoso estilísticamente. Habrá que estar atento a los próximos pasos de estos pajaretes.



Al menos, hasta que dejen de hacer temas como éste.

10.14.2008

Porcupine Tree en La Riviera (Madrid)

Madrid, 10 de octubre de 2008. Lo de estos mozuelos es portentoso: capaces de vencer al olvido de la crítica, de rebelarse ante la falta de promoción; de triunfar frente a la miserable acústica de una sala como La Riviera, y hasta de suplir su propia falta de recursos escénicos con una prodigiosa interpretación.
Hasta los más atolondrados, aquéllos que con pase gratuito se acercaron a tomarse una copa sin saber lo que les esperaba, sintieron que estaban asistiendo a un momento especial, a una ejecución estratosférica: quizá, a uno de los espectáculos más impactantes que unos músicos pueden ofrecer sobre un escenario.
Steven Wilson y sus zagales se desfondaron en La Riviera abriendo la caja de Pandora de la psicodelia y el metal. Para empezar, atizaron a los presentes con una frenética sucesión de todos los temas de su último trabajo, "Fear of a Blank Planet", demostrando que son carne de un directo brutal.
Temas de ése y otros trabajos, como "Way out of here", "Sleep Together", "Open Car", "What happens now" o "Wedding nails" erizaron las pelambreras de los melenudos y hasta el ectoplasma capilar de los calvos, arrebatados todos en una vorágine de riffs, baquetazos y soniquetes sintetizados.
"Stars Die" y "Dark Matter" alelaron a los fans de nueva hornada que aún desconocen los enigmas de la era "Signify". Saltaron chispazos mágicos durante la interpretación de la bellísima "Half Life", que Wilson acompañó con una inverosímil guitarra, una especie de estratocaster con una pantalla oval que proyectaba imágenes psicodélicas... E himnos como "Blackest Eyes" y "Trains" alegraron la pajarilla de los acólitos de Wilson. Tanto, que éste se permitió dar un poco de coba al respetable jugando con los estribillos, a pesar de las caras de impaciencia de unos responsables de sala ansiosos por hacer más caja en el ulterior horario de discoteca.
Por lo demás, Gavin Harrison nos dejó atónitos ante una monumental batería que reventó con un salvaje "Anesthetize"; Wilson superó los iniciales problemas de sonido para afinar progresivamente la voz y lucir un increíble arsenal de guitarras; el somarro de Edwin y el flemático de Barbieri agradecieron el calor que les trasmitía el público esbozando inauditas sonrisillas de complicidad; y Wesley demostró un magisterio solemne, casi litúrgico, a la segunda guitarra.
Edwin dejó su bajo y grabó con una cámara los últimos momentos de "Trains": recemos para que en el próximo dvd en directo se incluya algún fragmento de lo acaecido en La Riviera durante aquellas dos intensas horas.
He visto cosas que vosotros no creeríais. Ver a Wilson tocar en la oscuridad. Escuchar la batería de Harrison envuelto en luz estimulada por radiación... Ojalá todos esos bellos instantes no se pierdan en el tiempo... como lágrimas en la lluvia.

Pd.- Un lamentable incidente me ha impedido volcar aquí alguna foto del concierto y obligado a recurrir a una de archivo. Si algún alma cándida recala por aquí y quiere colgar su trabajo... ¡Que se manifieste!

10.13.2008

Fripp y King Crimson: Islands

Frippo con Fripp. A pesar de su mala baba. A pesar de sus extravangancias y de sus manías de sonao. A pesar de los truños que salpican su discografía, o de que prohíba al público que fume saque fotos grabe grite aplauda estornude se rasque la napia durante sus conciertos.
Considero a Robert Fripp como uno de los músicos más importantes del siglo XX, quintaesencia del artista experimental, titán de la guitarra, virtuoso de los sonidos ambientales. Se adelantó tanto a su época que algunos de los discos de King Crimson, la formación que lidera desde hace casi 40 años, siguen perteneciendo a otra dimensión.
Fripp fue el primero en sacar verdadero provecho del tritono, o diabolus in musica, utilizado posteriormente por muchas bandas de metal; llevó los frippertronics a su máxima expresión; junto a Eno, buceó en la new age cuando ésta no era sino un charquito; destripó y exprimió la guitarra eléctrica hasta sacar de ella insólitos zurriagazos de acordes; llevó el mellotron a un grado de intensidad tal que sus sonidos se podían cortar con un cuchillo.
Aunque, como todo genio, ha perpetrado tostones infumables, lo de este tío no es normal. "Islands", por ejemplo, es uno de los discos más bellos que el Rock haya engendrado. Un trabajo de 1971 que parece sacado del horno hace cinco minutos.
Con él viajamos a los abismos oceánicos, o a los rincones más ignotos del cosmos; escuchamos el canto espectral de malignas sirenas; asistimos a una deconstrucción de resonancias submarinas; alcanzamos un clímax orgiástico mantenido en una abrumadora tensión.
Pocos trabajos poseen esta frágil violencia: la brutalidad ambient de "Sailors's Tale" o "Formentera lady"; la delicadeza de cámara y las florituras orquestales de "Song of the gulls"; o ese crescendo precursor del post rock en el tema que cierra el disco, "Islands".
En suma, la placa es una deslumbrante pirotecnia de jazz, ambient, metal, rock y avant garde; una de ésas que se disfrutan mejor en la oscuridad mientras nos abandonamos a una placentera sinestesia.

El botón de muestra:

10.08.2008

Opeth: The Roundhouse Tapes

Opeth. La banda de la Oscuridad Absoluta. Con ella suenan acordes sombríos en las riveras de lagos insondables. Con ella viene la lluvia que azota las piedras de marchitos palacios. Opeth, la banda maldita... Bueno, maldita al menos por las esposas, madres y marujerío en general que, entre respingos y contracciones, reniegan de to lo que se menea mientras te conminan a bajar el volumen de la música, anda, bonito...
La bella brutalidad de la voz de Mikael Åkerfeldt siempre me ha fascinado. Pocas agrupaciones podemos encontrar con semejante derroche de técnica, furia y sensibilidad. Capaz de descerrajar salvajes andanadas de punteos y dobles bombos (véase esa maravilla de LP llamada "Deliverance"), o de elevarnos a las etéreas regiones de los sueños sucios ("Damnation", banda sonora de voluptuosas alucinaciones...).
Su monumental discografía, un afortunado cóctel de death metal y progresivo, no tiene desperdicio, y cada disco se convierte en una obra maestra que merece la pena disfrutar en reiteradas ocasiones, como su último trabajo, el magnífico "Watershed".
Por eso, los flagelantes fans de la banda estarán de enhorabuena con el anuncio de la publicación, el 27 de octubre en Europa, de su DVD en directo, "The Roundhouse Tapes". Noventa minutos de música terrorífica grabada en 2006 durante el mítico concierto de Candem Roundhouse, en Londres.
No hagáis caso de las autoridades sanitarias y probad este venenoso aperitivo. Eso sí, sólo bajo vuestra exclusiva responsabilidad:

10.02.2008

Marillion: viejunos on the road

Lo mío con Marillion es cabezonería sentimental, como la de quien sigue enamoriscado de su ex novia a pesar de un adiós sin esperanza.
Quedé prendado de esta "Mari" en su etapa Fish, usease, en su adolescencia y pletórica juventud, poco después de que publicara uno de los discos más bellos de los 80 (y posiblemente de la historia del rock), el "Misplaced childhood".
Decubrí a Marillion por los orígenes tolkianos de su nombre, en una época en la que soñaba con cabalgadas por las llanuras de Gondor; unos años de sábados luminosos y domingos de desesperadas empolladas; de ordenadores con teclas de goma y héroes con alma de sprite; de cerveza compartida con pillos de colegio y una culpable pero deliciosa sensación de fraternal camaradería.



Llegaría después la etapa Hogarth y, aunque nunca abandoné a la banda, ya no fue lo mismo. La Universidad, la electrónica y el grunge nos confundieron a muchos. Sí me gustaron, sin embargo, discos como "Brave", precursor de los experimentos licuados de Radiohead, o, más recientemente, esa filigrana de sonidos llamada "Marbles".
Pero no hay quien me lo quite de la mollera: cada vez que pienso en Marillion me viene al caletre el Atlético de Madrid: ambos son capaces de solazar a sus seguidores con proezas homéricas, de una épica apabullante y hermosa, para, al poco, cascarles una castaña pilonga de campeonato.
Afortunadamente, Marillion acaba de regalar a sus fans, vía P2P, un flamante doble en el que vuelve a remontar la altura perdida con ese petardazo llamado "Somewhere else".
Contrariamente a lo que ocurrió con su precursor, este "Happiness is the road" se perfila como uno de los discos más solventes del nuevo milenio marilionero: reposado, intimista, con unos teclados deliciosos y un Hogarth más refinado y sereno, sin que tampoco falten los trazallos de potencia emocionante.
Contiene, cómo no, algunos gorgoritos vergonzantes made in Hogarth, pero la sensación final, tras el paso en boca, es que nos encontramos ante unos viejunos admirables que siguen creyendo en lo que hacen, a pesar de sus casi 30 años de andadura, los desengaños y la indiferencia de la crítica.
Ya quisieran muchos repollos alternativos tener en su haber canciones tan bellas como "Asylum satellite", "Happiness is the road", "The man of marzipan", "Real tears for sale" o "Especcially true". Y ya quisieran muchos tener en sus filas a un guitarra de la talla de Steve Rothery, ese extraño e infravalorado Falete del rock.