Creo que he vuelto a hacer el tordo, y mira que me lo tengo dicho: que no te camelen los lupanares literarios, que en ellos pierdes tiempo, dinero y estilo. Huye de las sirenas del marketing, que hasta a las verrugas convierte en perlas. Cuídate de las traducciones apresuradas por cumplir los plazos inmisericordes de las grandes editoriales... Mira bien, mochuelo de mis entretelas, que no ha de salir nada provechoso de esas pilas de libros vendidas en cinco minutos, de esas hordas fanáticas de hinchas noveleros a las puertas de la Fnac... Pero lo hice, mísero de mí, engatusado finalmente por la aciaga curiosidad, y me cargué a la paletilla el pesado primer volumen de la trilogía Millenium.Y no digo yo que Los hombres que no amaban a las mujeres, de Stieg Larsson, carezca de méritos. No, no diré que no entretenga, ni que su trama carezca de intríngulis. Puestos a ser clementes, se le podría perdonar cierto regustejo a drama familiar de telenovela de agosto, o esa estructura argumental en forma de sándwich, que encierra una historia en otra sin una conexión demasiado sólida, con el único objetivo aparente de alcanzar las 666 páginas.
Pero definitivamente fue la prosa, o al menos la traducción al español, lo que me descabalgó de la novela. Los clichés literarios, el lenguaje ripioso, la reiteración de imágenes, o las descripciones y referencias machaconas pueden ser incluso reclamos para un lector de sombrilla y tumbona, pero, en mi opinión, son imperdonables en una obra aclamada durante año y medio por la crítica mundial, y situada ya en el primer puesto del ranking de novelas más vendidas de la historia.
El estilo está tan masticado que dan ganas de regurgitarlo, y es una pena, porque barrunto que el original sueco sí puede estar a la altura de las circunstancias. De hecho, hay suficientes elementos temáticos en la obra para tenerla en digna consideración: la crítica a la industria editorial y al sector periodístico, sobre todo; pero también el desconsuelo de la urbe moderna, el invierno de las almas solitarias, la fetidez de ciertos estratos empresariales, la incomunicación con nuestros compañeros de existencia, la pesadilla cotidiana de la violencia de género...
La pena es que su envoltorio formal hace aguas. Y como de lo que tratamos ahora es de novela negra, de calidad y en español, muchos haríamos mejor en regresar a nuestros paisanos, que en esto se las dan como panes a Larsson y a la madre que parió a los suecos. Prueben, prueben con Vázquez Montalbán y con Eduardo Mendoza, o con los impagables Juan Madrid y Andreu Martín. Con ellos, a buen seguro, se nos quitaría la tontería.
















Disfruté como un enano de la relectura de uno de mis clásicos favoritos de la literatura fantástica: Las Puertas de Anubis, de Tim Powers. Siempre he pensado que Powers es uno de los grandes maestros del género, y que esta novela condensa todas las excelencias del autor: una documentación histórica exhaustiva, un fino sentido del humor, un endiablado ritmo narrativo, y una desbordante imaginación a la hora de describir escenarios y situaciones. Las Puertas de Anubis nos pone en la piel de Brendan Doyle, un profesor de literatura que es contratado por un misterioso millonario para participar en un increíble viaje temporal al Londres de 1810, a una época marcada a sangre y fuego por las guerras napoleónicas. La novela introduce decenas de elementos que la convierten en única: la sabia mezcla de referencias literarias (desde Coleridge hasta Byron, pasando por Dickens); la galería de personajes sacados de cualquier cuadro de El Bosco, como ese ejército de mendigos deformados que sobrevive en las cloacas; o la propia ciudad de Londres, que aquí cobra el aspecto de una sombría metrópolis al más puro estilo "noir".Las Puertas de Anubis sigue un guión marcado por lo mágico, pero con una magia controlada, sujeta a reglas estrictas que evitan el "todo vale" para resolver argumentalmente las situaciones. Son interesantes también los rizos narrativos que Powers consigue jugando con los saltos temporales y los pasados paralelos. El libro se convierte así en un sabrosón divertimento que aporta, por otro lado, curiosas versiones de los mitos y leyendas egipcias, del hombre lobo, o del arquetipo de las máquinas del tiempo. Y todo con una digna traducción al español (marca de Albert Solé), que se lee apenas sin esfuerzo. Sin duda, un libro recomendado para solazarse de forma inteligente en las tórridas tardes veraniegas...

