Mostrando entradas con la etiqueta Literatura. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Literatura. Mostrar todas las entradas

7.28.2009

Los hombres que no amaban a las mujeres, Larsson y los lupanares del marketing editorial

Creo que he vuelto a hacer el tordo, y mira que me lo tengo dicho: que no te camelen los lupanares literarios, que en ellos pierdes tiempo, dinero y estilo. Huye de las sirenas del marketing, que hasta a las verrugas convierte en perlas. Cuídate de las traducciones apresuradas por cumplir los plazos inmisericordes de las grandes editoriales... Mira bien, mochuelo de mis entretelas, que no ha de salir nada provechoso de esas pilas de libros vendidas en cinco minutos, de esas hordas fanáticas de hinchas noveleros a las puertas de la Fnac... Pero lo hice, mísero de mí, engatusado finalmente por la aciaga curiosidad, y me cargué a la paletilla el pesado primer volumen de la trilogía Millenium.

Y no digo yo que Los hombres que no amaban a las mujeres, de Stieg Larsson, carezca de méritos. No, no diré que no entretenga, ni que su trama carezca de intríngulis. Puestos a ser clementes, se le podría perdonar cierto regustejo a drama familiar de telenovela de agosto, o esa estructura argumental en forma de sándwich, que encierra una historia en otra sin una conexión demasiado sólida, con el único objetivo aparente de alcanzar las 666 páginas.

Pero definitivamente fue la prosa, o al menos la traducción al español, lo que me descabalgó de la novela. Los clichés literarios, el lenguaje ripioso, la reiteración de imágenes, o las descripciones y referencias machaconas pueden ser incluso reclamos para un lector de sombrilla y tumbona, pero, en mi opinión, son imperdonables en una obra aclamada durante año y medio por la crítica mundial, y situada ya en el primer puesto del ranking de novelas más vendidas de la historia.

El estilo está tan masticado que dan ganas de regurgitarlo, y es una pena, porque barrunto que el original sueco sí puede estar a la altura de las circunstancias. De hecho, hay suficientes elementos temáticos en la obra para tenerla en digna consideración: la crítica a la industria editorial y al sector periodístico, sobre todo; pero también el desconsuelo de la urbe moderna, el invierno de las almas solitarias, la fetidez de ciertos estratos empresariales, la incomunicación con nuestros compañeros de existencia, la pesadilla cotidiana de la violencia de género...

La pena es que su envoltorio formal hace aguas. Y como de lo que tratamos ahora es de novela negra, de calidad y en español, muchos haríamos mejor en regresar a nuestros paisanos, que en esto se las dan como panes a Larsson y a la madre que parió a los suecos. Prueben, prueben con Vázquez Montalbán y con Eduardo Mendoza, o con los impagables Juan Madrid y Andreu Martín. Con ellos, a buen seguro, se nos quitaría la tontería.

3.09.2009

Pérez Galdós y La Corte de Carlos IV. Decálogo de cómo ser un trepa con éxito

Los personajes de La Corte de Carlos IV, el segundo de los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós, aún flotan entre notas de minuetos: achacosos pelucones danzantes a un compás de tres cuartos, espolvoreados de rapé, añorantes de delicias trasnochadas y nostálgicos de sones barrocos. Este Madrid de 1807 es todavía un poblachón dieciochesco, un girigay de manolas y chulapones en las esquinas de la Plaza Mayor, de frívolos nobles que viven de la vacuidad de las rentas injustas y tratan con el pueblo llano por mero divertimento.


El protagonista, Gabriel de Araceli, se mueve atónito en un universo que no entiende. Nadie se acuerda del desastre de Trafalgar, acaecido sólo dos años antes. La amenaza de Napoleón, ya a las puertas de los Pirineos camino de Portugal, se espera como una providencia que acabe con un gatuperio político de tintes demenciales. El príncipe (futuro Fernando VII) es un necio que conspira contra sus propios padres en El Escorial para, después, arrepentirse y delatar a sus amigos. La Corte está tomada por la codicia y los intereses particulares...

En las calles madrileñas hacen furor las comedias desmedidas y absurdas, de emperadores de Trapisonda en jardines corintianos, y venganzas antropófagas proclamadas entre terribles alaridos. Los teatros de la Cruz y del Príncipe son infiernos de lechugazos, gritos, insultos, duelos y sablazos. La vida no es sino puro teatro. Las apariciencias lo son todo. El hombre vale lo que su honor, por muy falso que éste sea. Y Gabriel no tarda en darse cuenta de ello.

En efecto, La Corte de Carlos IV es reflejo de una España de trepas, con el arribismo como razón de existencia, con el oportunista como héroe. Los sueños de Gabriel se estampan contra una sociedad consagrada a traiciones, intrigas, deslealtades, disimulos y zancadillas como claves del éxito. ¿Cuántos hombres hay que lo tienen todo, no siendo nada? ¿No está ahí Godoy, el choricero, que ha llegado a ser mariscal de campo, sargento mayor de la guardia y primer secretario de Estado? ¿No están ahí ministros y prebostes; y gentileshombres, vuecencias, excentísimos, reverendísimos e ilustrísimos que han llegado a donde están, sólo Dios sabe cómo?

Cruda realidad, Gabrielillo: la mayoría de ellos no tienen más méritos que el del buen amante, el del pelota, el lameculos, el rastrero, el mentiroso y el sectario. Nadan entre dos traiciones aguardando una tercera, arrimándose al sol que más calienta. Pero consuélate Gabriel, aunque sea con el mal de muchos: aquellas fallas no son exclusivas de tu época.

Ni muchísimo menos.

2.17.2009

El Gatopardo de Lampedusa: la eterna farsa de las revoluciones

El Gatopardo es una novela de desamparo y abúlica tristeza, como la de una señorita feúcha que, amargada en el despecho, se siente un miriñaque apolillado que nadie quiere lucir.

Giuseppe Tomasi di Lampedusa escribió a mediados del siglo pasado esta desengañada parábola de la lucha social, de la desesperanza vital y de la nostalgia por los escasos minutos de nuestras vidas en que somos (o fuimos) verdaderamente felices.

La canicular Sicilia del levantamiento garibaldino se dibuja como el mapa universal de la gran farsa de las revoluciones: cambiar todo para que todo siga inalterado. Destruir el orden para erigir, sobre cadáveres de ojos vidriosos, un nuevo sistema de clases, quizá igual de injusto, igual de absurdo que el anterior.

El Gatopardo nos presenta el féretro de los ideales aristocráticos. Adiós al Nápoles de los Borbones. A los estucados de oro. Al rococó risueño. A los frescos de dioses paganos en los techos de los salones de baile. Languidecen las viejas castas de la monarquía española. El patético residuo del imperio mediterráneo es devorado por una burguesía, ni mejor ni peor que el antiguo régimen, encarnada en la ambición milenaria de quienes sólo miran las cosas por su valor económico, y no por lo que significan.

El nuevo mundo convierte los escudos nobiliarios en el decorado de una mojiganga, mientras las alcobas secretas de los palacios sólo están habitadas por los fantasmas de enamorados juguetones, pero atormentados en deseos nunca saciados.

Don Fabrizio es el último león de una dinastía de orgullosa fiereza en la que ya no cree. Ni siquiera ve en el resto de los hombres a compañeros de fatiga, sino a criaturas despreciables que se arrastran en el tórrido mediodía de su egoísmo, intentado aplastar a los que son aún más miserables.

Es duro, don Fabrizio, llevar la vida como una insatisfacción perenne, añorar los ojos de una dama muerta, el olor del mar en aquella mañana de 1860, el brillo de Venus en ese anochecer irrepetible de tus 30 años, ya tan lejanos. Es duro, Don Fabrizio, esperar a la muerte como si fuera una niña encantadora, tocada con su sombrerito de flores negras, que nos ofrece irresistiblemente su delicado guante de raso.

12.29.2008

Terry Pratchett: Ritos Iguales y el verdadero poder de la magia

Ritos Iguales (Terry Pratchett, 1987) es una fábula que engancha al lector con candorosa sencillez. La pequeña epopeya de la aprendiz de "maga" Esk y de su entrañable comadrona, Yaya Ceravieja, es alegoría del eterno problema de la igualdad de sexos (el título original en inglés, Equal Rites, posee una fonética similiar a Equal Rights, o "igualdad de derechos"), y metáfora de la fragilidad y resolución femeninas frente a las amenazas y terrores del universo masculino.

Pero también nos plantea otro de los grandes temas de la formidable saga del Mundodisco: el enfrentamiento entre la Ciencia y la Tecnología (encarnada por esos magos ahítos de palabras, ensimismados en los diagramas de sus grimorios mágicos, atrapados en la sombrías aulas de la Universidad Invisible) y la sabiduría popular encarnada en las brujas pegadas a la tierra y cuyo verdadero poder reside en su conocimiento de los recovecos de nuestras mentes, de nuestros deseos, carencias e inquietudes.

Yaya Ceravieja, uno de los muchos personajes pratchianos que subyugan por su compleja y ambigua dulzura, es la abuela que muchos hubiéramos deseado tener: vieja bruja de buen ver que envidia las verrugas de sus competidoras, es la maestra de las hierbas, la amiga de la naturaleza, una sabia cirujana de los anhelos humanos.

Ella es la verdadera protagonista de este cuento encantador bajo el que subyacen preguntas no tan inocentes como pudiera parecer en una lectura descuidada: ¿por qué las hechiceras no pueden ser "magas"? ¿Existen las cosas porque creemos en ellas, o creemos en ellas porque existen? ¿Cuál es el verdadero poder de la mente humana? ¿Puede la realidad ser comprimida en las pildoritas de tinta y aire que son las palabras?

Dejamos la lectura de Ritos Iguales con la sensación de haber asistido a una agridulce crónica de choques generacionales, añoranzas de tiempos mejores, malentendidos e incomunicación... Pero con una lección muy bien aprendida: al fin y al cabo, la verdadera fuerza de la magia está en aprovechar la opción de no usarla, de abandonarnos a los arcanos consejos de la Naturaleza, de respetar nuestra propia y ancestral substancia.

12.14.2008

El prisionero de Zenda y la juventud inmortal

Regresé al sombrío castillo de Zenda con la mirada del niño que fui, esperando acción trepidante en oscuros túneles, estocadas bajo puentes levadizos, e intrigas de luna llena. Pero me encontré con eso y mucho más: con una novela de soterrada crueldad, un héroe atrapado entre los lances del egoísmo y la traición, una cruda violencia, y un amor imposible y preñado de amargura.
Folletín de capa y espada a la antigua usanza, "El prisionero de Zenda" (Anthony Hope, 1894) sigue siendo hoy, en la época de las superproducciones digitales, uno de los mejores exponentes de la aventura clásica.
Vaya por delante que no es una gran novela, pero sí lo suficientemente buena como para formar parte del selecto grupo de libros que muestran lecturas diferentes en cada periodo de nuestras vidas: la ruidosa trama de conspiraciones, falsas identidades y espadachines decimonónicos de mis 16 años se transmuta ahora en un agridulce relato, en una reflexión sobre los sueños de juventud condenados inexorablemente a convertirse en las insatisfacciones de la madurez.
Lo mejor del género de aventuras es que nos ayuda a ser mejores personas o, por lo menos, a saber teóricamente en qué consisten conceptos como la rectitud o el honor. Y nos ofrece la oportunidad maravillosa, aunque sea sólo por unos instantes, de vivir con esos ideales de nobleza que la precaria realidad ya se encargará de asfixiar.
Sí, ya en las páginas finales, el protagonista, Rudolf Rassendyll, se despide de nosotros con esas meditaciones propias de una mancebía con aires de inmortalidad: sentir que la historia de nuestras vidas aún no está escrita, que estamos llamados a grandes empresas, que conoceremos el amor verdadero, que nada impedirá que la justicia firme el fin de nuestro relato vital.
Zenda. Strelsau. Siempre me imaginé al mítico estado de Ruritania como un diminuto imperio austro-húngaro, con sus ciudades brillantes y aguanosas, nobles blasonados batiéndose en duelo por una mirada de mujer, bailes lánguidos en salones de lámparas iridiscentes.
Hoy, me despierto de esta lectura como de un sueño infantil, preguntándome si hay justicia, honradez e integridad en la aventura cotidiana de la existencia. Yo mismo me recuerdo añorando ser el caballero pelirrojo que cautiva a la princesa, en forma de núbil zagala, bailando un vals sobre suelos ajedrezados... y creyendo ilusamente que el amor lo es todo. Pero, ¿lo es todo el amor?

11.20.2008

Adolfo Bioy Casares: "La invención de Morel"

"La invención de Morel" (Adolfo Bioy Casares, 1940) es un onírico sueño de espejismos, un librito desconcertante cuyas piezas encajan emitiendo un extraño "clic" de ultratumba.
Jorge Luis Borges, gran amigo de Bioy Casares, no dudó en calificar a esta obra como "perfecta", lo que viniendo del genial argentino es, más que cumplido, marchamo de calidad. Pero el peligro de comentar este volumen es el riesgo de destripar la sorpresa implícita que conlleva su lectura.
Quizá baste apuntar que "La Invención de Morel" es a la vez cuento de fantasmas, fábula marina, episodio de ciencia-ficcion, folletín romántico y ensayo filosófico; y que puede tener tantas interpretaciones como lectores.
Borges y Bioy, firmes defensores de la riqueza argumental y del pálpito iniciático de las buenas novelas de misterio y aventuras, se sintieron orgullosos de la belleza desolada y mortal de esta historia. También de su lógica interna, a pesar de su pátina de irrealidad. En efecto, Bioy Casares se cuida mucho de no dejar cabos sueltos, y cualquier suceso, por fantástico o ilusorio que pudiera parecer, tiene su explicación coherente en el contexto del perturbador "cientifismo" que domina al relato.
"La Invención de Morel" es una angustiosa odisea, marchita como una madeja de líquenes resecados al sol; una húmeda alucinación que juega magistralmente con los conceptos del espacio y del tiempo, y que pone de manifiesto la relatividad de nuestros sentidos, de nuestras existencias mismas.
Quizá no sea tan terrible pensar en nuestra realidad como si fuera un abrigo prestado, o una corta sucesión de fotogramas tijereteados, o la música reproducida por un ipod condenado a la avería. Lo que sí aterra es la condena a una incomunicación y a una soledad tan desesperanzadas como las de quien se enamora de la imagen de una actriz muerta.

11.10.2008

Benito Pérez Galdós: Trafalgar y la radiografía de la ineptitud

Leer a Galdós es abandonarse al suave vaivén de la prosa. Su narrativa es la mejor escuela de escritores conocida hasta la fecha. Sus libros, cómodas autopistas literarias con asfaltos de drama, aventura, emoción y socarronería. Y sus Episodios Nacionales, la más impresionante proeza literaria que haya culminado un ser humano.
Aunque a estas alturas pudiera parecer lo contrario, esta serie de novelas históricas es todavía un espejo burlón que nos devuelve la imagen de nuestra sociedad, pavoneada en su modernidad, en su soberbia de democracia adulterada, en sus artificiosos avances de .com, pero con los mismos vicios y virtudes que los antiguos mundos a los que mira por encima del hombro.
En el primer volumen de la magna serie, "Trafalgar", Gabriel de Araceli comienza a relatarnos su epopeya particular en una España que aún se viste de chula, un país de torerillos y gañanes, de casacones empolvados de rapé, de pelucas rizadas y amanerados señoritos con sombreros de tres picos, de caballeros hasta la muerte y duelos de honor...
Pero también un país donde los tipos y escenas no distan demasiado de los nuestros, donde medran el arribista, el trepa y el oportunista; donde la mediocridad se agarra a los faldones de un poder que fagocita a sus ciudadanos para, una vez digeridos, escupir sus huesos en las cloacas de la indigencia.


Con Trafalgar comenzamos a intuir por qué Galdós ha sido el mejor radiólogo de nuestras almas. Aquí comienzan a retratarse héroes y valientes, los que nos venden la moto y los que se juegan el tipo, los listillos y los pringaos; los codiciosos y los desprendidos...
Trafalgar, representación dieciochesca de una España que añora su grandeza colonial mientras arrastra las cadenas de su decadencia, posee mucho menos contenido crítico que el resto de los episodios galdosianos, aunque ya podemos encontrar el embrión del escalpelo histórico. El trasfondo político está aquí velado por el humo de la pólvora; manchado por la sangre que resbala, impetuosa, en la cubierta de los buques. La ineptitud de los gobernantes está señalada por una pesadilla de cañonazos, metralla, amputaciones y descuartizamientos, y denunciada por los alaridos de terror de quienes vislumbran a la Muerte en los abismos oceánicos.
Trafalgar, en fin, es sólo el entremés de una eterna tragicomedia que se alarga hasta nuestros días... Y de la que aún nadie ha visto el final.

10.24.2008

Mundodisco: El color de la magia y La luz fantástica

A ciertas edades, leer "El color de la magia" y "La luz fantástica" es como penetrar en ese patio interior donde encerramos nuestros sueños juveniles. Al menos, así ocurre con las generaciones que han crecido a la sombra de los umbríos bosques de Lorien, haciendo frente a los terrores del reino de Fantasia, y queriendo creer en trolls, elfos, esfinges amenazantes, dragones quiméricos, o paladines temerarios.
Estos dos libros, que forman un todo unitario, son las dos primeras novelas de la colosal saga del Mundodisco de Terry Pratchett: en mi opinión, y sin duda, el mayor momumento literario que haya dado a luz el género de la fantasía, unos Episodios Nacionales de la imaginación, y una enciclopedia satírica del imaginario fantástico europeo.
Estos 36 volúmenes son el fruto de un esfuerzo titánico por trascender géneros y clichés. Pratchett ha construido un universo donde se dan la mano Leiver, Lovecraft, Tolkien, Ende, o Stephen King, por citar sólo a las influencias más evidentes, pero también podemos encontrar ecos de Homero, Cervantes y Shakespeare, amén de un delicioso regusto a novela gótica, negra, de ciencia-ficción y, por supuesto, a la mejor tradición flemático-humorística anglosajona (Monty Python, for example). Y todo ello mezclado con sabias referencias a la cultura celta, los mitos griegos, la Roma clásica o el antiguo Egipto.
Muchos consideran que las dos primeras novelas de la saga son las menos indicadas para penetrar en este mágico mundo. Realmente son las más flojas de la serie, pero no por ello menos interesantes. Para el neófito pueden representar una buena introducción porque nos meten en la piel de uno de sus mejores personajes, el genial mago Rincewind, un cagueta ejemplar, experto en el arte de huir. Él y su compañero Dosflores, el primer turista del Mundodisco, actúan como un remedo de Don Quijote y Sancho, mientras protagonizan su particular road movie por los más variopintos y disparatados parajes acompañados de personajes inolvidables.
Aunque los libros van tornándose más serios, ácidos, irónicos y oscuros conforme va avanzando la saga, ya en estos primeros encontramos el embrión de la crítica, sobre todo a la religión y a todas las formas de fanatismo.
"El color de la magia" y "la luz fantástica" ofrecen una lectura recomendable, no ya sólo como ejercicio de nostalgia para momentos en que apetecen libros poco exigentes: a algunos les pueden abrir las puertas a un mundo literario maravilloso. Porque lo mejor aún está por venir...

10.17.2008

Umberto Eco: El Péndulo de Foucault

Sí, sí, ya lo sé. A muchos se les atranganta esta novela de Umberto Eco. Pero, ¡teneos ahí, insensatos!: ahí está su gracia, en conseguir romper sus sellos ocultos, en superar los bretes que nos plantea este jugoso plantel de enigmas.
Yo, al menos, quedé atrapado por la barroca belleza de este misterioso libro que exige al lector una inusual implicación con la trama, como si él también formara parte del peligroso juego que inician los protagonistas.
"El Péndulo de Foucault" (1988) es para las noveluchas de esoterismo y de conjuras truño-templarias lo que el Quijote fue en el siglo XVII para los libros de caballerías: un bromazo fabuloso, una inteligentísima sátira que resulta, a la postre, mucho más interesante y divertida que los rocambolescos sugéneros literarios que pone en la picota.
Es una de esas obras que al final te plantea alguna turbadora pregunta. En mi caso: ¿cómo fui tan mendrugo de gastarme el dinero con "El Código Da Vinci"?
El libro se antoja como una auténtica enciclopedia del Ocultismo, pero pasada por la turmix de la ironía: los templarios adquieren estética de cómic, hay iluminados paranóicos, aventureros y farsantes de la mística, magos que parecen sacados de las novelas de Pratchett... Y está el Santo Grial, y el Conde de Saint Germain, y el budú, la Cábala, Nostradamus, los druidas, la masonería, la alquimia, la nigromancia, John Dee, el satanismo, la magia, la numerología de las pirámides, los rosacruces, el espiritismo, las leyendas sobre Shakespeare y Cervantes... Hay, incluso, arcanas interpretaciones del chasis de los automóviles.
"El Péndulo de Foucault" narra la historia de tres perdedores, Belbo, Diotavelli y Casaubon, tristes empleados en una oscura editorial milanesa que se nos presentan primero como detectives bibliófilos, auténticos Sam Spade de biblioteca, para convertirse después en artífices de un curioso plan para dominar el Mundo.
Todo empieza como un juego: para escarnecer a los escritores que detestan, se plantean el reto de reconstruir buena parte de la Historia Universal, desde un punto de vista hermético, mediante la analogía. Exactamente tal y como lo haría cualquier novelista de best-sellers. El autor demuestra así que cualquier teoría cobra validez con este procedimiento, y que sería posible relacionar al pato Donald con una lista de la compra y hasta con María Magdalena y la Sangre de Cristo, si se terciara la cosa. El problema vendrá cuando el plan urdido por los tres amigos tenga unas sombrías consecuencias...
No hay que capitular ante el injusto sambenito de novela para eruditos que crítica y público le colgaron a "El Péndulo de Foucault". Tiene sus momentos difíciles pero ¿qué aventura no los tiene? Ésta incluye, además, unos personajes entrañables, diálogos sarcásticos, imaginativos juegos de palabras, historias paralelas interesantes y un final inesperado y hermoso. ¡No desfallezcáis por el abrumador collage de información! Llegado el caso, siempre se puede echar mano de la wikipedia para contextualizar datos y fechas.
"El Péndulo de Foucault" es escarmiento para crédulos, pero también una excelente parábola de nuestras miserias, estulticias y fanatismos.

10.10.2008

Cthulhu, Lovecraft y el Miedo Atávico

Como refinado miedoso y hombre que sabe apreciar un susto bien dado, he disfrutado de inolvidables momentos pasando canguelis. Las novelas de HP Lovecraft, entre otros espeluznantes autores, me ayudaron en ello desde los tiempos de mis primeras poluciones nocturnas, cuando tenía que interrumpir, acogotado hasta la médula, la lectura de "La sombra sobre Innsmouth" porque me parecía ver a un tentáculo viscoso (que NO formaba parte de mi anatomía) enroscarse en la pata de mi cama...
Lo malo es que el escritor norteamericano puso el listón tan alto con sus mitos de Cthulhu que desde entonces ya no me acoquina cualquier cosa, no señor: soy capaz de hacer frente a la hipoteca del piso o a las comidas de empresa con una envidiable bizarría, pero, ah, oh, póngaseme delante el Terror Ancestral, el Horror Cósmico, las umbrías calles de Arkham, o los diabólicos devotos de Agón; añádasele alguna que otra degollina o descuartizamiento, y rocíese con un entrañable sacrificio humano, y me convierto en el más deleznable cagueta que haya parido madre.
Y como palos con gusto no duelen, y como quien bien te quiere te hará sufrir, he vuelvo a pasármelo pipa mientras se me erizaban los pelillos rejugando a esa maravilla gótica que es "Call of Cthulhu: Dark Corners of the Earth" (Headfirst Productions, 2006).



Este videojuego es una de las experiencias más sobrecogedoras con las que he tenido el gustazo de darle a la tecla. Ambientado en su mayor parte en la imaginaria localidad de Innsmouth (más o menos por Massachussets), en plenos años 20, se plantea como una novela policíaca protagonizada por el detective privado Jack Walters, que debe descubrir el intringulis de los misteriosos sucesos que acaecen en el pueblo.
El título presenta una sabia mezcolanza de shooter en primera persona y aventura gráfica que no otorga respiro: la atmósfera asfixiante, esa opresiva sensación de que algo horrible está a punto de suceder, los sonidos que producen grima hasta al más desalmado dentista, todo se sucede sin tregua para asegurar un exquisito desquiciamiento de calidad, oiga.
"Dark Cornes of The Eath" recibió numerosas críticas en su momento: el que no fuera un FPS (First Person Shooter) al uso, sus momentos de calma tensa, el agobio de peligros a los que hay que enfrentarse desarmado, la inclusión de ciertos puzzles de inteligencia, o que no llegara traducido al español, fueron características que le valieron la repulsa de los hardcore del gatillo fácil.
Para mí, es una obra maestra que ofrece momentos no aptos para cardiacos, como la famosa encerrona en el hotel, que realmente te pone el corazón en un puño.
Gracias a Los Profundos, los chicos de Clan DLan realizaron un magnífico parche traductor, con el que ningún forofo de Lovecraft tiene ya excusa: apagen la luz y cojan el próximo autobús a Innsmouth. Se cuentan horribles historias sobre el lugar...

10.06.2008

Graham Greene: El Tercer Hombre

Graham Greene es el novelista de los atardeceres de posguerra, el cronista de dobles agentes e intrigas sórdidas en un mundo desmoronado. Sus novelas son la ventana a una Europa cuarteada como un tablero de ajedrez en el que las fichas humanas se mueven en casillas de nieve, ceniza y escombro. Y "El tercer hombre" es la píldora que condensa ese paisaje de calma tensa por el que cabalgan aún los Jinetes del Apocalipsis de una contienda desmesurada.
Tradicionalmente se ha valorado más a "El tercer hombre" como guión por encargo para la magnífica película homónima que como obra literaria propiamente dicha. Incluso Greene dio a entender en alguna ocasión que muchas de sus obras podrían compararse con aquellas novelitas del Oeste que se intercambiaban en los estancos de viejo, firmadas por oscuros autores que mutaban su seudónimo en cada título.
Sí, "El tercer hombre" nació como guión por encargo y apenas ocupa unas decenas de páginas, pero qué guión, qué atmósfera, qué diálogos y qué intensidad hay en ellas.
Los misteriosos sucesos que rodean a la muerte Harry Lime se desarrollan en una Viena muy diferente de la que conocemos hoy. La vieja capital del imperio austro-húngaro, ajada por un invierno postbélico que obliga a abrir el suelo con perforadores neumáticos para enterrar a los muertos. Una metrópolis desdentada, de ciclópeas estatuas adornadas con lágrimas de lluvia, de una grandeza carcomida por las bombas y la metralla. Despedazada por aliados desconfiados. De callejones solitarios que no son extraños a asesinatos, secuestros y robos. Una ciudad de estraperlo y contrabando, de fantasmagóricas norias y lúgubres pasadizos que horadan las entrañas de la tierra.
Los personajes buscan su razón de ser en este onírico universo, rodeando a un aturdido protagonista, Rollo Martins, que se debate entre su complejo de inferioridad como escritor, sus ideales de amistad y su afición a la bebida y a las mujeres.
La obra rezuma el desengaño de la traición. Es el canto del cisne de la amistad juvenil, un grito de soledad en momentos difíciles, una denuncia de la rapacidad y del egoísmo. Pobre Martins. Pobres de todos nosotros.

9.25.2008

Baroja, Andía, y los seres que atraen al Mal

Pues mirusté por dónde, que me pirra Baroja; que siempre me acaba engatusando, a pesar de los pucheritos de remilgada repugnancia que ha provocado en la crítica más señoritinga. Quizá sea porque a uno, que es proclive a ver siempre el asunto muy negro por mor de los capirotazos de la vida, le produce una gozosa empatía ahogar sus penas con las de otro que le gane a aguafiestas. Y qué duda cabe de que Pío Baroja ha sido el mayor cascarrabias de nuestra Literatura: un pulguillas de cuidado, un recalcintrante avinagrado, un glorioso e irredento agonías.
Si ese fondo existencial se condimenta con unas sabrosonas historias del mar, la mezcla se torna en un chutazo irresistible. Éste es el caso de "Las inquietudes de Shanti Andía", una de mis novelas favoritas, aunque paradójicamente sea una de las que más defectos de estilo y construcción presente.
Shanti Andía es el cenizo típicamente barojiano, un personaje atormentado que mira con incrédula estupefacción el torbellino de locura que le rodea. Shanti se ve involucrado en duelos de honor, tempestades peliagudas y demás gajes marineros, pero estas aventuras son monerías de nenaza comparadas con las del tío...
Si la primera parte es una meláncolica remembranza de la niñez, todo un homenaje poético a las leyendas marinas, de piratas y de conquistadores en búsqueda de El Dorado (ojito a las horripilantes historias que Baroja nos refiere sobre Lope de Aguirre, el Traidor), en la segunda parte el protagonismo se lo lleva el tío de Shanti, Juan de Aguirre. Qué aventurero, qué marino, qué sombra de amargura que desafía al mar, en una época en la que aún existía lo desconocido, en la que muchos puntos del mapa aún estaban en blanco, o con un inquietante tritón pintado en el vacío.
Juan de Aguirre sigue la estela de los personajes conradianos, rodeado de seres que atraen el mal, arrastrados al vicio y a la ruina, en el más sórdido de los escenarios: "El Dragón", un barco negrero que prácticamente es la personificación de la Maldad. Los capítulos que se desarrollan en este demonio de madera y, posteriormente, en el pontón, un ataúd flotante en las costas inglesas, parecerían el relato de una pesadilla si no fuera porque están basados en crónicas y hechos contrastados por el propio autor.
Pensar que brutalidades como las descritas; que esos energúmenos patibularios, despiadados y sanguinarios; y que esa mezquindad, avaricia y crueldad siguen formando parte de nuestro mundo, no invita demasiado al optimismo. ¿Eh, tío Baroja?

9.22.2008

Asimov: La Fundación y el horror cósmico

Si tuviera que elegir alguna de las situaciones más impactantes descritas en la literatura sci-fi, una de las predilectas sería, sin duda, la que da inicio a la célebre saga de las Fundaciones: la llegada de Gaal Dornick, un provinciano psicohistoriador, al monstruoso planeta Trántor, la capital del imperio galáctico. Esa sensación de insignificancia ante un universo de infinita grandeza y de abrumadoras amenazas no dejará de acompañar al lector a lo largo de su odisea por esta sobrecogedora galaxia literaria.
Las primeras tres novelas de la saga de las Fundaciones (Fundación, Fundación e Imperio, y Segunda Fundación), conocidas también como ciclo de Trántor, conforman, a mi juicio, uno de los más apasionantes logros literarios del género.
La obra de Isaac Asimov no ha dejado de fascinarme, no tanto por la construcción de ese universo de insondables peligros como por la coherencia científica de las quimeras expuestas (la Psicohistoria de Seldon ya ha sido analizada en alguno que otro congreso de sesudos científicos), y por las múltiples lecturas de su narrativa.
La obra, inspirada en los grandes acontecimientos que han cambiado la Historia de la humanidad, se centra más en las relaciones humanas que en la parafernalia fantástica (no aparece ni un sólo alienígena), con unos argumentos maquiavélicos, sorprendentes giros en la trama, y un elenco de personajes maravillosos, entre los que destaca el holograma fantasmagórico del socarrón Hari Seldon, o el misterioso mutante conocido como El Mulo, que hará su aparición en el segundo volumen.
A pesar de sus puntuales defectos de estilo, o de algunos detalles tecnológicos que puede que hayan envejecido mal tras la revolución informática de los años 90, la obra se sigue con el interés de una novela policíaca o de aventuras... Además, tiene el enorme mérito de haber inspirado (¿sólo inspirado?) a buena parte de las ideas trasladadas posteriormente por George Lucas al universo Stars Wars. ¿A alguien le suena un gigantesco planeta metálico, un imperio galáctico eminentemente totalitario, un emperador con poderes mentales, un gremio de comerciantes siderales, una religión filosófico-tecnológica, o luchas a muerte entre cruceros galácticos por la independencia de una remota república? Menudo déjà vu, oiga.

9.08.2008

El Mundodisco de Terry Pratchett

Confieso que descubrí esta maravillosa saga fantástico-humorística hace poco más de nueve años, y que fue a través de sus adaptaciones a los videojuegos. Vaya en mi descargo que las primeras traducciones al español no llegaron a nuestro país hasta principios de los 90, y que aquellos juegos (aventuras gráficas) eran, son, y seguirán siendo, dos auténticas y tronchantes obras de arte que sigo recomendando encarecidamente: Discworld 2 y Discworld Noir. Fue un flechazo a primera vista y, desde entonces, el escaso material que he podido localizar en las áridas llanuras manchegas, casi siempre en librerías de lance, o en apresuradas visitas a los centros comerciales de los madriles, ha ido a parar a la buchaca sin remisión.
Por eso, la noticia del año para frikis como el menda quizá haya sido la feliz idea de la editorial Altaya de publicar toda la serie de novelas de Terry Pratchett en un estupendo coleccionable, a tiro de kiosco, y a un precio que no llega a los ocho euros por volumen, en tapa dura y con un papel de mediana calidad (gracias a los dioses, no todo iban a ser coleccionables de ganchillo en este septiembre bendito).
Injustamente ignorado en España, Pratchett es uno de lo genios de la narrativa humorística anglosajona. Ha publicado hasta la fecha 36 novelas ambientadas en el disparatado universo de Mundodisco, de las cuales 23 ya han sido traducidas al español, si bien con desigual fortuna en lo que atañe a la calidad de los textos en castellano. Aún así, y para mi gusto, su genialidad está muy por encima de la de autores mucho más respetados, como Tom Sharpe.
Pratchett es el Cervantes de la literatura fantásica. Su obra se pasa por la piedra, con burla y escarnio despiadados, a la mayor parte del género, desde Tolkien a Leiber, pasando por J.K Rowling y su vomitivo Harry Potter. El aspecto infantil de las portadas de sus libros no debe engañar. La prosa destila mala leche por los cuatro costados, un delicioso regusto a lo Monty Python, y una ácida crítica a todo lo habido y por haber: la política, la codicia del ser humano, el mundo editoral, la ciencia ficción, la banca, la voracidad empresarial, la industria de la música, la religión... Pratchett deja pocos títeres con cabeza, y todo ello con unas historias estupendas, fantasía a raudales, unas tramas adictivas, un conmovedor cariño por los perdedores, y un tenebroso barniz "noir": una oscuridad y una sordidez inquietantes, que hacen que muchos de sus libros no estén recomendados para mejores de 16 años.
Siempre será un placer partirse la caja con ese entrañable hijo de puta del mago Rincewind, alternar con una panda de granujas en las sucias tabernas de Ankh-Morpork (allí donde la cerveza no se vende, se alquila por un rato) o consolar a la Muerte brindando con un estupendo vino de medusas enanas de la cosecha... del año que viene.

Para más información:

9.02.2008

Joseph Conrad: Lord Jim

Da vértigo asomarse al abismo psicológico de esta formidable novela de Joseph Conrad. Aventura moral atrapada en lances de mar, Lord Jim asfixia al lector en una madeja de preguntas de aterradoras respuestas. El deslumbrante poniente de los mares orientales, el lóbrego verde de las selvas tropicales, los siniestros y cenagosos ríos que atraviesan tinieblas de palmerales y guano, decadentes factorías comerciales en los confines de un mundo crepuscular, o el océano esmeralda que rompe en cegadoras arenas blancas, son sólo escenarios para la titánica lucha ética, no ya sólo del protagonista de esta historia, sino de todos y cada uno de los personajes que han salido de la pluma del genial escritor polaco.
Marinos soñadores, comerciantes solitarios al borde de la locura, piratas sin escrúpulos, suicidas sin justificación, hombres de frontera, aventureros que se abrazan desesperadamente en una lucha contra los elementos son aquí también fotografiados hasta las más profundas simas de la mente. Lord Jim nos sumerge en un retorcido bosque de interrogaciones. ¿Quién es mejor que quién? ¿Eres tan bueno, tan valiente y tan justo como piensas? ¿Qué harías en situaciones límite, en esos momentos en que la catástrofe te paraliza con su veneno mortal? ¿Son menos justificables las motivaciones de los actos más crueles que las de las más extremas actitudes de sacrificio y generosidad? Nunca es tarde para volver a esta genial epopeya de corazones solitarios, para comprender que nadie está libre del miedo, que todos corremos el riesgo de morir llorando.

10.15.2007

Lunar Park

La última novela de Bret Easton Ellis no ha sido bien digerida por ese sector de la crítica que la considera como una derivación burda, un entretenimento literario y una banal incursión del autor de "American Pyscho" en el género de terror al más puro estilo Stephen King. A mi juicio, Lunar Park se trata de un magnífico ejercicio de metaliteratura en su más ambiciosa expresion. Hacer literatura de la literatura no es algo nuevo, pero aquí el autor se retrata a sí mismo, y a los personajes de sus anteriores novelas, como protagonistas de una pesadilla donde lo de menos son los sustos de trenillo de la bruja que el curso narrativo pueda deparar al lector. Sí, con esta novela se pasa miedo, pero en Lunar Park los verdaderos fantasmas están en la mente del protagonista: los espectros del éxito mal digerido, los del sexo mecánico y brutal, los de las relaciones paternofiliares y los de la incomprensión en la convivencia en pareja. La novela comieza como un diario, crudo y directo, de los primeros años de un Easton Ellis al que le viene grande la fama conseguida como escritor maldito. Desde las fiestas con estrellas de Hollywood, desde las cataratas de dólares sobre mesas repletas de coca y apartamentos de lujo en Manhattan, la vida del joven Easton Ellis se lanza por un tobogán en espiral que finalmente acaba dejándole patas arriba en un paisaje surrealista envuelto en las brumas de la droga, el sexo y el alcohol. A partir de ahí, el mundo que rodea al protagonista se difumina en sombras, se licúa en una metarrealidad de perfiles difusos, arrastrada en una vorágine terrorífica, en un huracán de malos sueños en los que también tienen cabida las incertidumbres de las nuevas tecnologías, los ordenadores, los videojuegos y la televisión. Ahí está el gran acierto de una novela en la que el lector es plenamente consciente de que las atormentadas tribulaciones del protagonista quizá sólo estén en su propia cabeza, al margen del atractivo de la mezcla de géneros que en Lunar Park encajan de forma tan compacta como un juego de muñecas rusas: desde el thriller criminal hasta la novela gótica, pasando por la narrativa de denuncia. Lunar Park posee, además, uno de los mejores finales escritos jamás por Easton Ellis, tres páginas de un lirismo conmovedor que redimen a la obra de sus escasas deficiencias. La novela divierte con sus anécdotas, asusta con engendros de pesadilla, e intriga con las correrías de un serial killer. Pero, por encima de todo, nos hace reflexionar sobre la infelicidad y la incomunicación del ser humano.

9.26.2007

Eduardo Mendoza: Una comedia ligera

“Una comedia ligera” (Seix Barral, 1996) comienza como una novela de costumbres en la Barcelona de posguerra, continúa como una divertida historia de enredo, prosigue como un inquietante relato policiaco y culmina en la crónica de un desencanto existencial. El protagonista, Carlos Prullàs, se nos pinta en un principio como un señorito crápula que se dedica a escribir comedias teatrales de cierto éxito entre el mojigato público de la clase alta catalana. Casado con la hija de un acaudalado empresario, se mueve como pez en el agua entre madeja de algodón rosado urdida por la burguesía barcelonesa. Asiduo a fiestas, mujeriego impenitente, buen conversador, joven y guapete, no demuestra demasiado interés en el régimen vencedor de la contienda fratricida, ni en la descomunal bolsa de pobreza que gangrena el centro de la capital catalana... Hasta que se ve involucrado en un misterioso asesinato y comienzan a precipitarse los acontecimientos.
Esta estupenda novela de Eduardo Mendoza podría considerarse de todo menos de ligera, aunque es pasmosa la facilidad del autor para hacernos leer sin que nos demos cuenta: el absoluto dominio de los estilos, tamizados por un inconfundible sentido del humor, la fluidez expresiva y la fuerza de las imágenes empleadas, dotan al libro de un espectacular ritmo cinemático. Muchas son la similitudes de esta obra con la que sirvió de debut al autor y que yo personalmente sigo considerando como una de las mejores novelas españolas del siglo XX, “La verdad sobre el caso Savolta”. Aunque es menos ambiciosa y compleja que su antecesora, “Una comedia ligera” sigue presentando una trama dominada por esa atmósfera especial a la que nos tiene acostumbrados Mendoza, que siempre hace presagiar que algo interesante y misterioso está a punto de ocurrir. No faltan aquí los ingredientes galdosianos (es una novela de costumbres con un acentuado sentido crítico), del folletín de misterio, del género detectivesco (a Prullàs es fácil imaginárselo como un nuevo Marlowe o un Sam Spade a la española), o de la comedia romántica. Eduardo Mendoza sigue siendo ese escritor con pinta de colega de curro que parece adivinar qué es lo que esperamos a la vuelta de cada página, y que es capaz de esbozar la personalidad de cada uno de sus numerosos y variados personajes en tan sólo unas líneas de diálogo.
“Una comedia ligera” goza de ese puntito de novela divertida que atrapa al lector hasta que se da cuenta de que, bajo ese pálpito de vitalidad que rezuman sus páginas, bajo la admiración que el autor demuestra hacia esa apasionante urbe que sigue siendo Barcelona, se esconde un profundo cariño por los perdedores de la historia, por aquellos que comen café con leche y aguantan madrugadas de frío bajo raídos harapos de espiga. Es, en fin, un relato de desesperanzas y de añoranzas, atrapadas en una de las épocas más difíciles de la historia de España.

8.06.2007

Las Puertas de Anubis

Disfruté como un enano de la relectura de uno de mis clásicos favoritos de la literatura fantástica: Las Puertas de Anubis, de Tim Powers. Siempre he pensado que Powers es uno de los grandes maestros del género, y que esta novela condensa todas las excelencias del autor: una documentación histórica exhaustiva, un fino sentido del humor, un endiablado ritmo narrativo, y una desbordante imaginación a la hora de describir escenarios y situaciones. Las Puertas de Anubis nos pone en la piel de Brendan Doyle, un profesor de literatura que es contratado por un misterioso millonario para participar en un increíble viaje temporal al Londres de 1810, a una época marcada a sangre y fuego por las guerras napoleónicas. La novela introduce decenas de elementos que la convierten en única: la sabia mezcla de referencias literarias (desde Coleridge hasta Byron, pasando por Dickens); la galería de personajes sacados de cualquier cuadro de El Bosco, como ese ejército de mendigos deformados que sobrevive en las cloacas; o la propia ciudad de Londres, que aquí cobra el aspecto de una sombría metrópolis al más puro estilo "noir".Las Puertas de Anubis sigue un guión marcado por lo mágico, pero con una magia controlada, sujeta a reglas estrictas que evitan el "todo vale" para resolver argumentalmente las situaciones. Son interesantes también los rizos narrativos que Powers consigue jugando con los saltos temporales y los pasados paralelos. El libro se convierte así en un sabrosón divertimento que aporta, por otro lado, curiosas versiones de los mitos y leyendas egipcias, del hombre lobo, o del arquetipo de las máquinas del tiempo. Y todo con una digna traducción al español (marca de Albert Solé), que se lee apenas sin esfuerzo. Sin duda, un libro recomendado para solazarse de forma inteligente en las tórridas tardes veraniegas...

7.12.2007

El Gran Emperador y sus Autómatas

Esta aterradora descripción de los regímenes totalitarios salpicada de guerras, masacres, deportaciones y torturas es también una de las más bellas apologías de la libertad y de la vida que se hayan escrito en las últimas décadas.
El Gran Emperador y sus Autómatas (1993) es una excelente novela de Jean Lévi, uno de los sinólogos que más y mejor han sabido difundir la apasionante cultura china en Occidente. Narra la vida de Qinshihuang, el primer emperador que unificó China en el siglo III antes de Cristo, personaje que bajo el prisma de la moderna psicología pudiera muy bien pasar como un paraonico vícitima de sus propias inseguridades. Obsesionado por encontrar las Islas de la Inmortalidad, pero temeroso de los peligros del mar, no dudó en sacrificar las vidas de miles de obreros en el absurdo intento de construir un colosal puente que atravesara el Océano. Otros tantos murieron en la construcción de una Gran Muralla que protegiera su imperio de la amenaza de los hunos. Los huesos de esclavos y presidiarios fueron aprovechados para apuntalar los cimientos de esa colosal construcción, así como de los pasadizos cubiertos que atravesaban parte del imperio, conectando a los principales palacios de residencia, para evitar que nadie contemplara la figura del sucesor del Emperador Amarillo en sus desplazamientos.
El Augusto Emperador prohibió toda forma de pensamiento y toda publicación que invitara al raciocinio, mientras se solazaba con la absoluta sumisión de sus complejos autómatas, plagaba sus dominios con estelas conmemorativas de sus hazañas e instaruaba el culto divino a su persona.
Más hallá de los terrores descritos, la novela se erige como un magnífico mosaico de la época y como una radiografía de los regimenes totalitarios de todos los tiempos. De hecho, el esquema de Gobierno ideado por el emperador y su astuto consejero, Liu Seu, conserva aún muchas similitudes con el actual panorama político en China. El estilo de escritura bascula entre el frío tono descriptivo y el más conmoverdor lirismo. Tampoco faltan reproduccciones de documentos administrativos, informes de espías y fragmentos de obras taoístas y confucianas que construyen magistralmente parte del argumento de la novela.
En definitiva el autor plantea una trama interesante, plagada de conspiraciones, batallas, parábolas, cuentos, rencillas y aventuras que desembocan en un dramático final. Un desenlace que demuestra que el hombre más poderoso del mundo es aquel que encuentra la felicidad en la libertad de las pequeñas cosas.