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11.24.2011

Puertollano y la tardía Transición de Hermoso Murillo

Si algo hay digno de elogio en el alcalde de Puertollano, Joaquín Hermoso Murillo, es esa oratoria que envidiaría hasta el mismísimo Demóstenes si resucitara. Su gestión está salpicada de patricias declaraciones ante ediles y periodistas, dramáticos giros, augustas poses, altivas miradas y teatrales ademanes que barnizan magistralmente la ocultación política y adornan con susurrantes arrumacos la opacidad de sus últimos años de mandato.

Aplicado estudiante de manual político, nuestro alcalde es consciente de que la convicción frente a las masas otorga al mensaje el aura de la verdad, por más que sólo se profieran hueras palabras. Con esta estrategia, el primer edil puertollanero ha hurtado al pueblo, que por desinformado será siempre fácil de moldear, la asunción de responsabilidades ante ciertas gestiones de interés público que no enumeraré ahora.

Sirva tan solo de ejemplo el último capítulo protagonizado por nuestro presidente municipal, erigido ni más ni menos que en artífice de la Transición democrática puertollanera en virtud de su osada y valiente iniciativa de proponer al Pleno la retirada del nombramiento del dictador Francisco Franco como alcalde honorario de la ciudad.

Quien esto suscribe vilipendia las dictaduras, sean de izquierdas o de derechas, pero no deja de ser inquietante la frivolidad y el falaz efectismo con que es usada la Historia en el afán de captar militancias políticas o distraer la atención ciudadana. Ya metidos en harina, poco le ha faltado a Hermoso Murillo para proponer al Pleno de la Corporación que redacte una Ley de Reforma Política como la del 77, y culminar su particular experimento reformista. ¡Apártense los Suárez y Felipe González! ¡Idos, los Santiago Carrillo y Gutiérrez Mellado! ¡Inclinaos, padres todos de la Constitución Española, ante el verdadero hacedor de la transición democrática en Puertollano, el excelentísimo señor don Joaquín Carlos Hermoso Murillo!

Me dirán que la Historia es el recuerdo, y en el recuerdo están las lecciones. Dirán que recordar es reparar, y reparar es hacer justicia. Así es, y es justo y necesario. Pero no es igual recuperar la dignidad del asesinado en una cuneta que usar estéril y torticeramente la Historia para distraer a la opinión pública de los problemas del presente o hacerse acreedor de un mérito vacuo aprovechando el efectismo del mensaje.

Amo la libertad y condeno cualquier régimen totalitario. Pero hasta que no veamos muchos aspectos de nuestro pasado como lo que son, Historia, no maduraremos democráticamente.

La mayoría de los puertollaneros ya habían olvidado a Franco hasta que vino mi alcalde a invocar su fantasma sepia. Pero que no tengan miedo mis paisanos. Que Franco está muerto y enterrado. Que el dictador no es, ni puede ser, alcalde de Puertollano, por la sencilla razón de que en España existió un periodo llamado Transición que deslegitimó al anterior régimen criminal. Que, consecuentemente, unas actas municipales firmadas en 1945 o en 1967 perdieron su legitimidad en 1978. Que esos polvorientos documentos tienen la misma “validez” jurídica que la de una Carta Puebla del siglo XII. Que estamos en noviembre de 2011. Y que vienen tiempos muy duros… Tiempos oscuros en los que habrá que luchar contra otras dictaduras para las que quizá, ay, no exista Transición.

3.09.2009

Pérez Galdós y La Corte de Carlos IV. Decálogo de cómo ser un trepa con éxito

Los personajes de La Corte de Carlos IV, el segundo de los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós, aún flotan entre notas de minuetos: achacosos pelucones danzantes a un compás de tres cuartos, espolvoreados de rapé, añorantes de delicias trasnochadas y nostálgicos de sones barrocos. Este Madrid de 1807 es todavía un poblachón dieciochesco, un girigay de manolas y chulapones en las esquinas de la Plaza Mayor, de frívolos nobles que viven de la vacuidad de las rentas injustas y tratan con el pueblo llano por mero divertimento.


El protagonista, Gabriel de Araceli, se mueve atónito en un universo que no entiende. Nadie se acuerda del desastre de Trafalgar, acaecido sólo dos años antes. La amenaza de Napoleón, ya a las puertas de los Pirineos camino de Portugal, se espera como una providencia que acabe con un gatuperio político de tintes demenciales. El príncipe (futuro Fernando VII) es un necio que conspira contra sus propios padres en El Escorial para, después, arrepentirse y delatar a sus amigos. La Corte está tomada por la codicia y los intereses particulares...

En las calles madrileñas hacen furor las comedias desmedidas y absurdas, de emperadores de Trapisonda en jardines corintianos, y venganzas antropófagas proclamadas entre terribles alaridos. Los teatros de la Cruz y del Príncipe son infiernos de lechugazos, gritos, insultos, duelos y sablazos. La vida no es sino puro teatro. Las apariciencias lo son todo. El hombre vale lo que su honor, por muy falso que éste sea. Y Gabriel no tarda en darse cuenta de ello.

En efecto, La Corte de Carlos IV es reflejo de una España de trepas, con el arribismo como razón de existencia, con el oportunista como héroe. Los sueños de Gabriel se estampan contra una sociedad consagrada a traiciones, intrigas, deslealtades, disimulos y zancadillas como claves del éxito. ¿Cuántos hombres hay que lo tienen todo, no siendo nada? ¿No está ahí Godoy, el choricero, que ha llegado a ser mariscal de campo, sargento mayor de la guardia y primer secretario de Estado? ¿No están ahí ministros y prebostes; y gentileshombres, vuecencias, excentísimos, reverendísimos e ilustrísimos que han llegado a donde están, sólo Dios sabe cómo?

Cruda realidad, Gabrielillo: la mayoría de ellos no tienen más méritos que el del buen amante, el del pelota, el lameculos, el rastrero, el mentiroso y el sectario. Nadan entre dos traiciones aguardando una tercera, arrimándose al sol que más calienta. Pero consuélate Gabriel, aunque sea con el mal de muchos: aquellas fallas no son exclusivas de tu época.

Ni muchísimo menos.

2.17.2009

El Gatopardo de Lampedusa: la eterna farsa de las revoluciones

El Gatopardo es una novela de desamparo y abúlica tristeza, como la de una señorita feúcha que, amargada en el despecho, se siente un miriñaque apolillado que nadie quiere lucir.

Giuseppe Tomasi di Lampedusa escribió a mediados del siglo pasado esta desengañada parábola de la lucha social, de la desesperanza vital y de la nostalgia por los escasos minutos de nuestras vidas en que somos (o fuimos) verdaderamente felices.

La canicular Sicilia del levantamiento garibaldino se dibuja como el mapa universal de la gran farsa de las revoluciones: cambiar todo para que todo siga inalterado. Destruir el orden para erigir, sobre cadáveres de ojos vidriosos, un nuevo sistema de clases, quizá igual de injusto, igual de absurdo que el anterior.

El Gatopardo nos presenta el féretro de los ideales aristocráticos. Adiós al Nápoles de los Borbones. A los estucados de oro. Al rococó risueño. A los frescos de dioses paganos en los techos de los salones de baile. Languidecen las viejas castas de la monarquía española. El patético residuo del imperio mediterráneo es devorado por una burguesía, ni mejor ni peor que el antiguo régimen, encarnada en la ambición milenaria de quienes sólo miran las cosas por su valor económico, y no por lo que significan.

El nuevo mundo convierte los escudos nobiliarios en el decorado de una mojiganga, mientras las alcobas secretas de los palacios sólo están habitadas por los fantasmas de enamorados juguetones, pero atormentados en deseos nunca saciados.

Don Fabrizio es el último león de una dinastía de orgullosa fiereza en la que ya no cree. Ni siquiera ve en el resto de los hombres a compañeros de fatiga, sino a criaturas despreciables que se arrastran en el tórrido mediodía de su egoísmo, intentado aplastar a los que son aún más miserables.

Es duro, don Fabrizio, llevar la vida como una insatisfacción perenne, añorar los ojos de una dama muerta, el olor del mar en aquella mañana de 1860, el brillo de Venus en ese anochecer irrepetible de tus 30 años, ya tan lejanos. Es duro, Don Fabrizio, esperar a la muerte como si fuera una niña encantadora, tocada con su sombrerito de flores negras, que nos ofrece irresistiblemente su delicado guante de raso.

11.10.2008

Benito Pérez Galdós: Trafalgar y la radiografía de la ineptitud

Leer a Galdós es abandonarse al suave vaivén de la prosa. Su narrativa es la mejor escuela de escritores conocida hasta la fecha. Sus libros, cómodas autopistas literarias con asfaltos de drama, aventura, emoción y socarronería. Y sus Episodios Nacionales, la más impresionante proeza literaria que haya culminado un ser humano.
Aunque a estas alturas pudiera parecer lo contrario, esta serie de novelas históricas es todavía un espejo burlón que nos devuelve la imagen de nuestra sociedad, pavoneada en su modernidad, en su soberbia de democracia adulterada, en sus artificiosos avances de .com, pero con los mismos vicios y virtudes que los antiguos mundos a los que mira por encima del hombro.
En el primer volumen de la magna serie, "Trafalgar", Gabriel de Araceli comienza a relatarnos su epopeya particular en una España que aún se viste de chula, un país de torerillos y gañanes, de casacones empolvados de rapé, de pelucas rizadas y amanerados señoritos con sombreros de tres picos, de caballeros hasta la muerte y duelos de honor...
Pero también un país donde los tipos y escenas no distan demasiado de los nuestros, donde medran el arribista, el trepa y el oportunista; donde la mediocridad se agarra a los faldones de un poder que fagocita a sus ciudadanos para, una vez digeridos, escupir sus huesos en las cloacas de la indigencia.


Con Trafalgar comenzamos a intuir por qué Galdós ha sido el mejor radiólogo de nuestras almas. Aquí comienzan a retratarse héroes y valientes, los que nos venden la moto y los que se juegan el tipo, los listillos y los pringaos; los codiciosos y los desprendidos...
Trafalgar, representación dieciochesca de una España que añora su grandeza colonial mientras arrastra las cadenas de su decadencia, posee mucho menos contenido crítico que el resto de los episodios galdosianos, aunque ya podemos encontrar el embrión del escalpelo histórico. El trasfondo político está aquí velado por el humo de la pólvora; manchado por la sangre que resbala, impetuosa, en la cubierta de los buques. La ineptitud de los gobernantes está señalada por una pesadilla de cañonazos, metralla, amputaciones y descuartizamientos, y denunciada por los alaridos de terror de quienes vislumbran a la Muerte en los abismos oceánicos.
Trafalgar, en fin, es sólo el entremés de una eterna tragicomedia que se alarga hasta nuestros días... Y de la que aún nadie ha visto el final.

10.17.2008

Umberto Eco: El Péndulo de Foucault

Sí, sí, ya lo sé. A muchos se les atranganta esta novela de Umberto Eco. Pero, ¡teneos ahí, insensatos!: ahí está su gracia, en conseguir romper sus sellos ocultos, en superar los bretes que nos plantea este jugoso plantel de enigmas.
Yo, al menos, quedé atrapado por la barroca belleza de este misterioso libro que exige al lector una inusual implicación con la trama, como si él también formara parte del peligroso juego que inician los protagonistas.
"El Péndulo de Foucault" (1988) es para las noveluchas de esoterismo y de conjuras truño-templarias lo que el Quijote fue en el siglo XVII para los libros de caballerías: un bromazo fabuloso, una inteligentísima sátira que resulta, a la postre, mucho más interesante y divertida que los rocambolescos sugéneros literarios que pone en la picota.
Es una de esas obras que al final te plantea alguna turbadora pregunta. En mi caso: ¿cómo fui tan mendrugo de gastarme el dinero con "El Código Da Vinci"?
El libro se antoja como una auténtica enciclopedia del Ocultismo, pero pasada por la turmix de la ironía: los templarios adquieren estética de cómic, hay iluminados paranóicos, aventureros y farsantes de la mística, magos que parecen sacados de las novelas de Pratchett... Y está el Santo Grial, y el Conde de Saint Germain, y el budú, la Cábala, Nostradamus, los druidas, la masonería, la alquimia, la nigromancia, John Dee, el satanismo, la magia, la numerología de las pirámides, los rosacruces, el espiritismo, las leyendas sobre Shakespeare y Cervantes... Hay, incluso, arcanas interpretaciones del chasis de los automóviles.
"El Péndulo de Foucault" narra la historia de tres perdedores, Belbo, Diotavelli y Casaubon, tristes empleados en una oscura editorial milanesa que se nos presentan primero como detectives bibliófilos, auténticos Sam Spade de biblioteca, para convertirse después en artífices de un curioso plan para dominar el Mundo.
Todo empieza como un juego: para escarnecer a los escritores que detestan, se plantean el reto de reconstruir buena parte de la Historia Universal, desde un punto de vista hermético, mediante la analogía. Exactamente tal y como lo haría cualquier novelista de best-sellers. El autor demuestra así que cualquier teoría cobra validez con este procedimiento, y que sería posible relacionar al pato Donald con una lista de la compra y hasta con María Magdalena y la Sangre de Cristo, si se terciara la cosa. El problema vendrá cuando el plan urdido por los tres amigos tenga unas sombrías consecuencias...
No hay que capitular ante el injusto sambenito de novela para eruditos que crítica y público le colgaron a "El Péndulo de Foucault". Tiene sus momentos difíciles pero ¿qué aventura no los tiene? Ésta incluye, además, unos personajes entrañables, diálogos sarcásticos, imaginativos juegos de palabras, historias paralelas interesantes y un final inesperado y hermoso. ¡No desfallezcáis por el abrumador collage de información! Llegado el caso, siempre se puede echar mano de la wikipedia para contextualizar datos y fechas.
"El Péndulo de Foucault" es escarmiento para crédulos, pero también una excelente parábola de nuestras miserias, estulticias y fanatismos.

10.16.2008

Villanueva de los Infantes y Quevedo

Quevedo deja la pluma, adormecido por el calor del brasero. Olvidado en la humilde celda del convento de Santo Domingo de Villanueva de los Infantes (Ciudad Real, España), sueña con otros tiempos de gloria, cuando era azote de injustos, pavor de poderosos, espadachín de causas perdidas; cuando en los mentideros de la Corte, en Santa María de la Almudena, en las gradas de San Felipe o en la Puerta del Sol de Madrid se esperaban con ansiedad sus sonetos y quintillas rebosantes de ironía.
Quevedo maldice ahora a Felipe IV, el rey nuestro señor, que lo ha conducido al destierro en el corazón del Campo de Montiel...


Diría siglos más tarde un cronista olvidado, Víctor de la Serna, que la grandeza de Infantes es tanta, que no parece sino nueva Santillana del Mar construida en La Mancha. Y a fe que no le falta razón, porque la ciudad, Conjunto Histórico Artístico, se conserva tal cual la conociera don Francisco en sus ahora sosegados paseos, vestido con su sobrio traje negro, la cruz de Santiago cosida al pecho, arropado por su herreruelo.
Vayámonos con él, acompañémosle en este atardecer del año de gracia de 1644 al Convento de los Dominicos, donde se conservará su celda para deleite del futuros viajeros; a la neoclásica Plaza Mayor, una de las más bellas de España, por no decir de este decadente Imperio; o a la iglesia parroquial de San Andrés. Aquí, en la capilla de los Bustos, quiere Quevedo que lo entierren, y aquí permanecerá su cuerpo.
No se encuentra bien nuestro ilustre compañero, aquejado de los problemas de salud que le han traído a Infantes desde su señorío de Torre de Juan Abad, pero quiere proseguir el paseo y sacudirse las tristezas que tapizan su celda. Tras admirar, en la misma plaza, la Casa Rectoral, nos dirigimos a la Capilla del Remedio del Hospital de Santiago, y luego a otros rincones como el oratorio de Santo Tomasillo, situado frente a la casa de Santo Tomás de Villanueva, en la que aún se oye el eco de sus versos latinos.
De vuelta aún tendremos la oportunidad de admirar otras maravillas arquitectónicas, porque cualquiera de los edificios civiles merecen una visita: las fachadas del Palacio de los Fontes, la casa del Arco (antigua residencia del virrey de México), la Casa de los Estudios y su cautivador patio; la casa palacio del Marqués de Entrambasaguas; o el inquietante escudo que preside la portada de sillería de la Casa del Santo Oficio, que nos turba con imágenes de cadenas y los sonidos arrastrados de un potro de tortura.
Y así llegaremos de nuevo a la Plaza de San Juan y al convento que sirve de morada a nuestro ilustre anfitrión... Que aquí se despide con un silencio que nos hace preguntarnos si no habremos acompañado en realidad a un fantasma de melancolía.
Bien pudiera ser, porque ahora se acercan otras dos figuras: la de un caballero andante de maltrecha figura, con ojos fulgurantes de locas visiones, y la de un escudero socarrón y rechoncho. Se dirigen a las cercanas Lagunas de Ruidera, que encierran las maravillas del reino subterráneo de Durandarte, tras abandonar la casa del caballero del Verde Gabán. El viajero se une a ellos. Si duda le esperan nuevas y maravillosas aventuras, pero éstas ya forman parte de otra historia, larga, apasionante historia...

9.25.2008

Baroja, Andía, y los seres que atraen al Mal

Pues mirusté por dónde, que me pirra Baroja; que siempre me acaba engatusando, a pesar de los pucheritos de remilgada repugnancia que ha provocado en la crítica más señoritinga. Quizá sea porque a uno, que es proclive a ver siempre el asunto muy negro por mor de los capirotazos de la vida, le produce una gozosa empatía ahogar sus penas con las de otro que le gane a aguafiestas. Y qué duda cabe de que Pío Baroja ha sido el mayor cascarrabias de nuestra Literatura: un pulguillas de cuidado, un recalcintrante avinagrado, un glorioso e irredento agonías.
Si ese fondo existencial se condimenta con unas sabrosonas historias del mar, la mezcla se torna en un chutazo irresistible. Éste es el caso de "Las inquietudes de Shanti Andía", una de mis novelas favoritas, aunque paradójicamente sea una de las que más defectos de estilo y construcción presente.
Shanti Andía es el cenizo típicamente barojiano, un personaje atormentado que mira con incrédula estupefacción el torbellino de locura que le rodea. Shanti se ve involucrado en duelos de honor, tempestades peliagudas y demás gajes marineros, pero estas aventuras son monerías de nenaza comparadas con las del tío...
Si la primera parte es una meláncolica remembranza de la niñez, todo un homenaje poético a las leyendas marinas, de piratas y de conquistadores en búsqueda de El Dorado (ojito a las horripilantes historias que Baroja nos refiere sobre Lope de Aguirre, el Traidor), en la segunda parte el protagonismo se lo lleva el tío de Shanti, Juan de Aguirre. Qué aventurero, qué marino, qué sombra de amargura que desafía al mar, en una época en la que aún existía lo desconocido, en la que muchos puntos del mapa aún estaban en blanco, o con un inquietante tritón pintado en el vacío.
Juan de Aguirre sigue la estela de los personajes conradianos, rodeado de seres que atraen el mal, arrastrados al vicio y a la ruina, en el más sórdido de los escenarios: "El Dragón", un barco negrero que prácticamente es la personificación de la Maldad. Los capítulos que se desarrollan en este demonio de madera y, posteriormente, en el pontón, un ataúd flotante en las costas inglesas, parecerían el relato de una pesadilla si no fuera porque están basados en crónicas y hechos contrastados por el propio autor.
Pensar que brutalidades como las descritas; que esos energúmenos patibularios, despiadados y sanguinarios; y que esa mezquindad, avaricia y crueldad siguen formando parte de nuestro mundo, no invita demasiado al optimismo. ¿Eh, tío Baroja?

7.12.2007

El Gran Emperador y sus Autómatas

Esta aterradora descripción de los regímenes totalitarios salpicada de guerras, masacres, deportaciones y torturas es también una de las más bellas apologías de la libertad y de la vida que se hayan escrito en las últimas décadas.
El Gran Emperador y sus Autómatas (1993) es una excelente novela de Jean Lévi, uno de los sinólogos que más y mejor han sabido difundir la apasionante cultura china en Occidente. Narra la vida de Qinshihuang, el primer emperador que unificó China en el siglo III antes de Cristo, personaje que bajo el prisma de la moderna psicología pudiera muy bien pasar como un paraonico vícitima de sus propias inseguridades. Obsesionado por encontrar las Islas de la Inmortalidad, pero temeroso de los peligros del mar, no dudó en sacrificar las vidas de miles de obreros en el absurdo intento de construir un colosal puente que atravesara el Océano. Otros tantos murieron en la construcción de una Gran Muralla que protegiera su imperio de la amenaza de los hunos. Los huesos de esclavos y presidiarios fueron aprovechados para apuntalar los cimientos de esa colosal construcción, así como de los pasadizos cubiertos que atravesaban parte del imperio, conectando a los principales palacios de residencia, para evitar que nadie contemplara la figura del sucesor del Emperador Amarillo en sus desplazamientos.
El Augusto Emperador prohibió toda forma de pensamiento y toda publicación que invitara al raciocinio, mientras se solazaba con la absoluta sumisión de sus complejos autómatas, plagaba sus dominios con estelas conmemorativas de sus hazañas e instaruaba el culto divino a su persona.
Más hallá de los terrores descritos, la novela se erige como un magnífico mosaico de la época y como una radiografía de los regimenes totalitarios de todos los tiempos. De hecho, el esquema de Gobierno ideado por el emperador y su astuto consejero, Liu Seu, conserva aún muchas similitudes con el actual panorama político en China. El estilo de escritura bascula entre el frío tono descriptivo y el más conmoverdor lirismo. Tampoco faltan reproduccciones de documentos administrativos, informes de espías y fragmentos de obras taoístas y confucianas que construyen magistralmente parte del argumento de la novela.
En definitiva el autor plantea una trama interesante, plagada de conspiraciones, batallas, parábolas, cuentos, rencillas y aventuras que desembocan en un dramático final. Un desenlace que demuestra que el hombre más poderoso del mundo es aquel que encuentra la felicidad en la libertad de las pequeñas cosas.